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El Rally del fin del mundo

marzo 6, 2012

Narrado por D. Rubén Beyer y transcrito por Nacho Docavo

Mi nombre es Rubén Beyer, tengo 70 años y yo fui el ganador del primer Rally que se organizó en Patagonia allá por el año 1965, hace ya 45 años. ¡Pucha, queda lejos eso ya!. Qué cómo lo hice. Se lo voy a contar todo pero antes tengo que hablarle de como se llegó a eso. Verá usted, mi apellido es alemán porque mi abuelo llegó con estas colonias de alemanes que llegaron a la Décima Región de Los Lagos. Eso data por 1850. De ahí él se casó con una chilota, oriunda de Chiloé. De ahí viene mi padre. Ellos también fueron seis hermanos. tres hombres y tres mujeres. Mi padre, luego de jovencito, él se vino a Aysén. A finales de 1927. Se vino por problemas amorosos, o algo así. Su familia, como todos los alemanes, quería que siempre se casaran con alemanes y él parece que estaba enamorado de otra persona que no era alemán y por lo tanto hubo un problema en la famila y él optó, de arriba de un barco en que él estaba, que él se iba y que no lo veían mas. Se tiró al mar, subió a otra embarcación y se vino a Chiloé. De Chiloé tomó algo para venir a Puerto Aysén que era el unico lugar poblado de la Undécima Región.

Puerto Aysén era un pueblito que todas las veces que llegaba un barco, que no era semanal ni quincenal, a veces cada un mes, de repente cada dos, depende de la necesidad de carga que tenía la compañía industrial, le recibía una banda de carabineros y a mi padre le sorprendió aquello. El tenía primero de humanidades. Había estudiado en el colegio alemán, pero a ninguno de los seis hermanos, nosotros somos seis hermanos, nos habló nunca en alemán. Luego de ahí mi papá se conectó con alguien conocido, o que se habían visto y le dijo que fuera a Coyhaique y que por ahí le iban a buscar un puesto en la Compañía Industrial de Aysén. Bueno, su primer trabajo fue ayudante de carnicero. De ahí escaló varios puestos: capataz de patio, encargado de la pulpería. Mi padre estuvo en la compañía muchos años. Desde 1928 hasta 1952, creo que trabajó y durante todo ese tiempo recorrió muchas veces aquellos territorios. Yo nací acá en Coyhaique en 1940. Acá pasé mi juventud. Soy patagón y quiero esta tierra y por eso siempre quise hacer algo por ella. Nosotros éramos seis hermanos, tres hombres y tres mujeres. Yo soy el primogénito. Mis otros hermanos nacieron en Coyhaique solo una en Ñirihuao, porque allí la compañía tenía sus oficinas. Ñirihuao está como a 60 kms de Coyahique, digamos hacia el noreste, ya llegando a la frontera argentina.

De Nirihuao mi padre pasó a Puerto Ibañez a trabajar en la minera Comiplo, Compañía Minera de Plomo. Ahí vivíamos en las casas que tenía la minera para su trabajadores. Cuando ellos se fueron para Puerto Ibañez, yo me fui a estudiar a Chiloé, dos años en el seminario de Ancud. El tercer año lo hice en Castro. Humanidades. Después, en el 53 me volví a Ibañez. En aquella epoca no había carretera. El trayecto se hacía en vehículo hasta Balmaceda. Desde ahí a Chile Chico y desde allí en barco a Ibañez.

Recuerdo que una vez estuve esperando 15 días la barco. Puta ¡qué hambre! Ya no sabía que hacer En el puerto me decían que la lancha “Albatroz” de la Estancia Pirámides iba a llegar dentro de diez días, quince días. Y de repente oígo detras no se qué. !Puta mi amigo, el negro Rabanales! A él yo lo había ayudado en Coyhaique porque cada vez que discutía con su familia y le echaban de casa, yo le traía a la mía. Hoy tiene una fábrica en Puerto Arenas. Pero recuerdo que en Chile Chico tenía una fruteria y ¡puta! me puse a comer plátanos hasta hartarme. De ahí me llevó a su residencial y ahí esperé la lancha. Una semana esperando.

Yo estuve trabajando un año en Puerto Ibañez, en la Estancia Pirámides, el primer regador de alfalfa que había allí, fui yo. La estancia era de unos alemanes, de Wolfam Richtter y Heinz Kuning. De ahí dejé de estudiar y me fui a trabajar en la mina, un año. Como tenía tres años de humanidades y eso era en ese tiempo como ser el tuerto en el país de los ciegos trabajé de administrativo en todos los centros mineros de la Compañía y por eso conocía bien todos los terrenos por allá

Luego trabajé en el “Chile”, un barco que cruzaba el lago General Carrera, de tripulante. Ahí conocí toda la costa del lago. En esa época habia dos mineras y las dos utilizaban barcos para transportar el plomo. y ahí llegue a contramaestre, llevando las cuentas del barco y esas cosas.

De ahí, trabajé con el señor Oscar Spichinger que tenía la concesionaria del MOP, Ministerio de Obras Publicas para realizar el camino de penetración desde Coyhaique a Vista Hermosa, en total 69 kms.

En 1962 entré al MOP en Coyahique. Vivía en la Residencial La Pastora, muy conocido porque todo el mundo que venía de afuera o del campo llegaba ahí. Es como un centro donde todo el mundo se encontraba. Y ahí, a mediados del 63 conocí a Zoila Formeño Delgado, una hermosura de 20 años, tez blanca, cabello negro, ojos verdes y una preciosa sonrisa. Ella era del lago Puirredón, al final del lago Cochrane. Me atrajo mucho y estuvimos de pololeo, el antiguo, dos meses y medio o tres meses. Después tuvieron que irse porque ella vivía con sus abuelos y sus abuelos llegaban a Coyhaique a cobrar los emolumentos que le correspondían por ventas de lana, animales, etc.

Una vez que se fue, busqué la manera de juntarme con ella. A mi me intrigaba la zona del río Baker. Porque ahora la zona del lago Cochrane es conocida pero hace 45 años no era tan conocido. Para mí sí era conocida porque mi padre me conversaba que antes de venirse a Aysén desde Chiloé, él trabajó con su cuñado Ricardo Val y compraban animales. Entraban por Río Puelo. Recorrían todo el sur de la Argentina. Viajaban a caballo. Recuerdo que me dijo que pasaron por el lago Ghío. Ahí conoció a Lucas Bridges, el administrador de la Estancia Chacabuco que poseía medio millón de hectáreas y producía 400.000 kilos de lana anuales. Yo conocí a Lucas Bridges por las fotografías de mi padre. Yo tenía mucha curiosidad por esa zona. Además le prometí a Zoila que las vacaciones siguientes iría a verla, sí o sí. Había siempre vuelos, no de itinerario fijo. A ver si podía conseguir yo meterme entre los pasajeros que iban a Cochrane. Allí vivía una hermana mía casada con Manuel Frías, un agente de la Empresa de Comercio Agrícola de Aysén, que era la encargada en proveer de mercaderías a los colonos de la zona.

Y para allá me fui en enero del 64, en las vacaciones siguientes. En avión. A encontrarme con la Zoila. Pero en aquella época no había teléfono, ni radio y tampoco para ella era fácil venir sola del Puirredón hasta Cochrane. Dista 35 o 40 kms por una senda de caballo. Terreno difícil. Sin puentes. Así que no pudimos coordinarnos y ella estuvo una semana en Cochrane esperando, siempre preguntando a mi hermana o mi cuñado si llegaba algún avión. Si sabían cuando llegaba. Ellos le decían que yo iba a viajar, pero no sabían cuando. Al final ella no pudo esperar más y se volvió al Puirredón.

Yo llegué a los cuatro días de que ella se había ido. Puta, cuando me enteré casi me pongo a llorar, así que me tuve que quedar una semana en Cochrane. En ese tiempo conversé mucho con mi cuñado, con mi hermana y conocí mucha gente. Conocí a los Quintana, incluso a Carlos Quintana, que era el colono más antiguo de la zona y que conoció a mi padre cuando había andado por ahí. También hablé con el Teniente Hernán Merino, buen amigo de mi cuñado y que sería el año siguiente el desafortunado protagonista de los acontecimientos de Laguna del Desierto

Antes de viajar ya conocía que el MOP se estaba interesando en hacer  algún camino de penetración que conectase la región con Coyhaique.  Ya no existían la Compañía Industrial de Aysén, ni la Estancia Chacabuco. Allá solo quedaban pobladores, pobladores que habían sido puesteros, domadores, capataces y cada uno quedó con un buen campo. Por ejemplo el caso de D. Arsenio Rojas, que él había sido capataz de domadores de la estancia y quedó con un campo como de3.700 hectáreas. En resumen: ahí se seguían produciendo 400.000 kilos de lana. En ese tiempo la lana tenía buen precio. Se exportaba creo. Y a su vez, proveer de los víveres y del mantenimiento de toda la zona era más menos 300.000 kilos de mercaderías.

Y eso era la pelea: cómo hacer ese movimiento y quién debería hacerlo. En avión no se podía. Entonces los aviones que llegaban eran aviones muy chicos. Solo llegaban dos aviones pequeños y la cancha para los aviones apenas tenía300 metrosa gatas. Dado la importancia ganadera de la zona el fisco empezó a interesarse. Entonces mandaron gente. Creo que fueron como 11 personas con un topógrafo que había llegado recién al departamento de estudios de Puerto. Aysén. Estaban allá en Cochrane esperando las herramientas que tenían que mandarles. Pero las herramientas no llegaban y ellos no tenían nada que hacer, así que conversamos mucho.

Y eso me llamó mucho la atención. Que quisieran hacer camino. Yo era un funcionario del MOP y por lo tanto eso me pegaba mucho a mi. Así que mientras estuve aquella semana en Cochrane pude andar de a caballo algunos kilómetros para ver si realmente se podía hacer el camino. De ahí me entró el bicho este y yo le pregunté al jefe por dónde iban a hacer el camino y el me decía que por Argentina, que no podía ser por ninguna otra parte. Es decir desde Coyhaique hasta Balmaseda de ahí entrar al Río Mayo, ya en Argentina, de ahí al pueblo de Perito Moreno y de ahí cruzar por el Paso de la Leona o por Entrada Baker hasta Cocrhane.

- Pero ¿porque no por Chile? – les decía yo. En ese tiempo el MOP, me acuerdo, no manejaba ni planimetría, ni ningún plano ubicable con relieve, con curvas de nivel o sectorización a escala, ni siquera para decir  “estudiemos esta zona, estudiemos esta cartografía para ver que es lo que pasa”. Nada de eso tenían

Entonces ahí me acordé que mi padre me había dicho que Lucas Birdges sacaba materiales a Puerto Bertrand y lo mismo me corroboró mucha gente.

- Si. Yo estoy trayendo el vino. Me lo traen los barcos a Bertrand y los pilcheros me lo traen para acá.  -me dijo Hernán Villegas que tenía un Bar- almacén en Cochrane. Villegas conocía muy bien la zona y era un tipo divertido, gordito, hablador como pocos y muy bueno para los chascarros

- Venga vamos a conocer -le dije pero ni siquiera llegamos al río Chacabuco, que dista 21 kms. Anduvimos como 10 kms, pasamos unos pobladores, nos invitaron a un asado y ahí quedó todo: en el asado, los tragos y vuelta para atrás. Y así era en todas partes. Nos recibían con asado, mate, un poco de vino, y unas rancheras con relaciones y así era bien dificil planificarse.

La cosa era pasarlo bien, conocer gente, y exponer mi inquietud de como llegar a Cochrane pero por Chile. Y así pasó la semana. Después me volví a Coyhaique y no pude ver a la polola pero me quedé con esa espina. Le dejé un papel, un carta que había venido, que no la encontré y que regresaría en cuanto pudiese.

Ya volviendo a mi trabajo después, me fue creciendo la idea de llegar a Cochrane por Puerto Bertrand. Entonces fui a hablar con el jefe mío, D. Gastón Adarme y le dije que era posible. Me dijo

- Nooo, así está la cosa. Los presupuestos vienen así. Los técnicos y los profesionales lo han decidido así y no hay mas vueltas que darle.

A poco andar el año 65, cuando yo ya estaba preprarando mi viaje para ir nuevamente a ver a la polola de vacaciones, de repente escucho al famoso locutor Enrique Chocair de Radio Patagonia que se estaba programando un Rally de personajes que iban a ir por territorio argentino. El Rally lo organizaba la importadora Fix, la representante de los Land Rover en Coyhaique. Y el administador, el Sr. Sergio Villacura había decidido que el premio para el que llegara primero a Cochrane sería un Land Rover del año 64, cero kilómetros. Nuevecito. Además el fisco lo apoyaba porque era como una especie de justificación para construir el camino por Argentina. Entonces yo me dije:

- Pucha. Pero no puede ser. Hay camino por Chile y estos huevones se van a ir por la Argentina. Pero no puede ser.

A mi me visitaba cada dos meses mi jefe provincial, el jefe máximo del MOP, D. Mauricio Froimovic, un ingeniero en termodinámica de la Universidad de Chile, un hombre muy practico, muy bueno para caminar, excelente amigo después. Le conté algo a D. Mauricio y a él le gusto inmediatamente la situación. Me dijo ¿pero cómo? y yo le conté. Vino a mi casa, conoció a mi padre, conversaron y él quedó entusiasmado. Que sí que existía senda. Que, en su tiempo, la estancia Chacabuco tenía un barco que se llamaba El Ande y que llevaba las cosas hasta Bertrand y ellos la llevaban a la estancia con pilcheros, con chata, con lo que sea.

Luego lo llevé a un plano que quedaba de la compañía minera y ahí se lo expliqué.

- Por aquí – le dije y señalaba con el dedo la ruta de los pilcheros y dijo

- Pero claro que es factible

- Y ¿qué vamos a hacer? – le dije. Y él me dijo que lo hablaría en el MOP. Así que yo esperé hasta que al mes siguiente vino y me dijo:

- No he podido conseguir que me escuchen. Nadie me dio pelota para que se cambie eso. Nadie. Pero yo te creo. Yo creo a tu papá – y entonces yo le dije – Pues yo me voy para allá. Voy a tratar de conseguir un vehículo y hago el Rally por Chile.

- Listo -me dijo -Yo te voy a ayudar en todo lo que sea. Pero eso para los dos.

- Correcto -le dije – pero lo primero que tiene que hacer es hablar con mi jefe directo Don Gastón porque el no me quiere dar los días de vacaciones que me corresponden.

-  Ningún problema. Yo me encargo de eso -me dijo y ahí yo empecé la campaña para poder ir.

- Pero ¿cómo hacer? – le dije yo a mi padre un día – A me gustaría ir

Es un viaje difícil -me dijo -porque Lucas Bridges estaba acostumbrado a los terrenos difíciles y bravos y él podía hacerlo con sus caballos, con su gente. Si quiere llevaba cien caballos, llevaba cien personas  también ¿me entiendes?, pero tu… ¿cómo lo vas a hacer?

- Pero con un vehículo, papa. Hay hartos pobladores por allá. Alguien me ayudará.

Sí -me dijo -sería interesante -Le gustó la idea, en parte -Pues entonces ponte en campaña.

Pero la verdad es que nuestros recursos económicos no eran como para salir a comprar un vehículo. Yo había conocido el vehículo que tenía el administrador de la mina. Era un Land Rover del año 54. Con pura lona nomás atrás, pero subía cualquier cosa. Yo estaba enamorado de aquello. Entonces cuando vine a Coyhaique empecé a averiguar:

- Land Rover. ¿A donde había Land Rover?

Y había varios por ahí dando vueltas. Hasta que al final, ya por allá por septiembre, me encontré con una persona que vendía un Land Rover. Un funcionario del Banco del Estado. Yo, para comprarlo, había empezado a economizar. Dejé de ir a la fiesta, pero a lo mucho 100 escudos podía economizar al mes. Mi padre juntó otros 200 escudos más. Entonces con eso fui a plantearle al funcionario del banco si me lo podía vender.

- Sí. No hay problema -me dijo -Yo te lo vendo, pero tu me firmas letras de 500 escudos mensuales a partir del mes que viene y así hasta llegar a los 4500.

Eso significaba ocho o nueve meses pagando. En esa época yo ganaba 850 escudos completo, 350 de salario y 500 de viático.

- Bueno – me dije – guardo el viático para la letra y con los 350 vivo.

- Ya pues, fabuloso -le dije y firmé toda las letras. Así no tuve que entregarle ni un peso de lo que tenía economizado. Le devolvi a mi padre los 200 y con el resto yo compré otras cosas para el viaje. Algunas herramientas, pocas. Pala y picota. Y repuestos: hojas de resorte, gomas, etc. Luego lo hice revisar y estaba bien bueno

Por ese mes ya había 20 inscritos para el Rally. Entre ellos Don Otto  Shard, un gran comprador y exportador de lana. Y Don Ramón Fernandez, dueño de una flota de camiones y representante de la Austin en Coyhaique. El tenía un Austin bien duro También estaba Mario Arens con un jeep Wlly. el señor Otto Shard, y un tal señor Treguel que era representante de la Ford y conducía una camioneta bien dura y no se cuanta más gente de plata con Land Rovers del año 60 o 64. Bien nuevos que eran sus vehículos. Todos ellos estaban en el fregao de repartirse los contratos: la construcción del camino, el transporte de las mercaderías. Y con ellos me inscribí. Ellos todos por Argentina y yo solo, por este lado de la cordillera.

Por supuesto que al director de la Radio, al Sr. Bawherl no le hizo mucha gracia porque yo era una persona desconocida, pero sí que le hizo gracia al speaker que estaba hablando, Chocair, cuando le dije que iba por Chile.

- Heyyy – le salió del alma. Y de ahí hasta el día 22 de octubre que era el día que salía el Rally, yo tuve una propaganda gratis inmensa. Terrible.

- Pero al poco de salir de la radio me entró la tembladera ¡Chuta! -me dije -¿Y yo que peso ahí?¿Cómo me habilito para hacer este viaje?

De repente me encontré un poco desvalido porque yo me iba a ir solo de Coyahique. A Ibañez ningún problema, pero de ahí para adelante ¿cómo? ¿A quién podía convencer para que me de el ánimo? Entonces alguien me dijo:

- Andá a hablar con los milicos. Al Regimiento. A lo mejor ellos te pueden ayudar

Y esa cuestión ya me gustó. Así que fui. Tremendo problema porque no me dejaban ni entrar en el regimiento. En la guardia me vieron la facha, andaba a pie, ropa de trabajador, y me pararon, ¿y usted que quiere?

- Quería hablar con el comandante

- Tiene que decirme para que se trata, pues. Yo no le puedo dejar entrar así nomás.

- Mire. Yo vengo porque me he inscrito en un Rally. Yo tengo un Land Rover y soy funcionario de la Dirección de Vialidad y necesito que me apoye o por lo menos que mi indique geográficamente el comandante. Porque así alguien me lo pidió en mi jefatura.

- Ahhh -Ahí cambió la situación. Pidieron si quería recibirme el comandante. Inmediatamente. Pero solo estaba el subcomandante que andaba reemplazando al comandante que andaba en gestiones de su cargo. Así que el jefe de la guardia me hizo acompañar con un soldado. Le expliqué la situación al subcomandante y él se entusiasmó mucho.

- Pucha -me dijo-, pero ¿por donde va a a ir?

- Mire -le dije señalando a un mapa de a zona que tenía colgado en la pared – por acá… Bertrand…seguimos por la costa del Baker.. ahí esta la bifurcación con el Nef… seguimos por la costa del Baker…. y acá habría que cruzar el Río Chacabuco  recontinuar para bajar y entrar a Cochrane.

- Ahhhh. Macanudo -me dijo entusiasmado -¿Cuántos pelaos le doy? ¿Cuarenta, cincuenta, cien?

- Nooooo. Mi Comandante , mi vehículo es chiquitito. Tiene 4 plazas.

- Pues que lo lleven a hombros. Pero si usted no me acepta eso ¿cómo puedo ayudarlo?

- De una manera bien importante – le dije -Yo lo que quiero, ya que usted se entusiasma tanto, pongase en contacto con mi jefe. D. Mauricio Froimovic. El también me apoya. A ver si entre los dos me pueden dar apoyo aéreo porque si me pasa algún percance, algún problema por lo menos en avión me van a ver

- Ahh. Eso corre por nuestra cuenta. Nosotros vamos a pagar todo eso -me dijo. Y así fue. El subcomandante al cabo de varios días habló con D. Mauricio y se pusieron de acuerdo con el piloto Ernesto Hein para que él me sobrevolase en ruta. A Don Ernesto le pareció un locura pero en cuanto tuvo la plata en el bolsillo ya no preguntó más.

Así que todo los días que salí, incluso que salí a Ibañez, ya andaba sobrevolando Hein, en sus vuelos que hacía a esa parte de la región pasaba por ahí para ver. Entonces la seña que tenía acordada era sacar una bandera chiquitita que tenía y eso significaba que ahí andaba yo, ningún problema. Si hubiera habido alguno yo tenía una bandera negra. Entonces él hubiera avisado al Regimiento.

Ya había conseguido una cosa pero yo lo que quería es no ir solo, así que una vez que tuve ya listo el vehículo me fui a Ibañez y hablé con Manuel Contreras, un amigo mecánico de allá. Contreras era un tipo muy alegre pero también muy serio en su trabajo, que también era electricista. Y yo le dije que si quería venir. Que nos repartíamos el Land Rover si lo ganábamos y le aseguraba que lo ibamos a ganar y eso a él le gustó

-No importa. Aunque no lo ganemos vamos – me dijo porque el también había escuchado que se podía llegar por ese lado. Así que ya tenía un compañero. Después cuando regresé a Coyahique me enteré que Villegas andaba comprando vino y que lo iba a mandar a Bertrand. Me fui a verle, le explique la ruta y le propuse:

- Te llevo yo el vino y tu te vienes conmigo

- Sí, pues – me dijo -total si no podemos pasar con el vehículo yo me llevo el vino a Cochrane con los pilcheros.

- Listo -le dije. Así que ya éramos tres. Ya no iba a ir sólo. Y me quedé contento.

Luego, a primeros de octubre, Don Mauricio me comunicó que ya tenía autorizados los días libres que me correspondían así que que ese mismo día yo comencé a hacer todos los arreglos correspondientes del vehículo y compre el avituallamiento mínimo porque para llegar a Ibañez ningún problema. Eran cuatro horas y el camino estaba expedito. Pero de ahí para adelante, nada.

Entonces, cuando ya faltaba menos de una semana para la salida, me acordé del trayecto que había que hacer por barco desde Ibañez a Bertrand. No me estaba esperando nadie y yo me dije pero cómo hago para que un barco me lleve porque no voy a llegar al muelle y ¿quién me va a llevar?. Entonces regresé a Coyhaique y en la radio del MOP me ayudaron mucho.

- Mire “El Helga” parece que va a dejar una carga a Ibañez un día de estos. Usted se va para allá y habla con ellos. Nosotros podemos contactar con ellos

- Ya y ahora ¿qué hago? D Mauricio se tuvo que ir a Santiago y yo no tenía a quien pedirle Si voy ahí con mi vehículo y tengo que decirle al dueño del barco o al armador del barco. oiga ¿usted me lleva para allá? ¿Y cómo le pago?. Había que discurrir rápido qué hacer. Entonces fui a la oficina mía en Vialidad y supe que había un contratista, un tal Sr. Harvest, que llevaba unos campamentos para Guadal porque querían hacer una vía de penetración también entre Guadal y Puerto Bertrand. Pero el comienzo nomás. Para eso se llevaban unos campamentos prefabricados y que los estaban cargando ahí.

- Esto lo vamos a llevar dentro de 20 días – me dijeron en la oficina

- Pero háganlo el 22 – les dije.

- No, pero si eso lo tiene que decidir D. Mauricio

- Pero si D. Mauricio me dijo a mi que había que llevarlo pronto -ahí yo me mandé la porción porque D. Mauricio no estaba así que no podía corroborarlo. Así que el día 21 se cargó ese campamento en un camión y se fue a Ibañez y al día siguiente llegué yo con mi vehículo.

El Rally salió el día22 alas 8 de la mañana. Los de la distribuidora y los de la radio dieron sus discursos de honor y nos pusimos en marcha. Eramos 21 vehículos. Yo por Chile y el resto por la Argentina adonde se suponía que en dos días iban a llegar porque el camino a Perito Moreno  estaba bien. Quedaba el paso de la cordillera. Ahí es donde podían tener problemas. Y luego cruzar el Chacabuco también era serio.

Y de ahí ellos se fueron para Balmaseda, en la frontera argentina y yo salí para Ibañez con Villegas, las herramientas, las provisiones y cinco bordalesas de60 litrosde vino cada una. Tardamos como cuatro horas y allí ya nos estaban esperando Contreras, el mecánico, listo para el viaje y mi papá que me dio todas las indicaciones:

- Mira, tu tienes que ir por acá. por allá, tienes que hacerlo así, asá.

También mi madre me dio un gran cajón de verduras y frutas para mi hermana la de Cochrane porque en aquella parte no se cultivaban y mi hermana lo echaba mucho de menos.

Luego, ahí en el muelle, estaba El Helga. Y ahí cargamos el vehículo mío y, una camioneta de D. Nassip Saig, la que pasamos a descargar a Chile-Chico, luego continuamos para Guadal. En el barco era pura fiesta y pasarlo bien porque resulta que yo conocía de anterior al capitán, a D. Evaldo Wellman porque con él había trabajado en “El Chile”. El entusiasmado también diciendo

- Pero si sí que se puede llegar perfectamente. Yo os llevo hasta Bertrand y eso corre por mi cuenta -nos dijo. Pero al cabo de un rato ya con el trago subido nos sorprendió el capitán:

- Yo me voy con ustedes a como de lugar -y venga trago y asado

- Pero capitán .-le decía yo -¡cómo va a venir con nosotros? y el barco ¿qué?

- Bobadas. Yo le doy instrucciones a mi segundo y él me espera.

Y así fue. Descargamos el campamento en Guadal y a las 2 de la tarde del mismo día llegamos a Bertrand. Llegamos a medio filo, medio cocios. Descargamos el vehículo y el capitán Wellman le dio instrucciones a su contramaestre para que haga todo y le espere diez días. Que si en diez días no llegaba que se largara, porque quiere decir que algo pasó. De ahí los cuatro nos fuimos a la residencial de D. Vitoriano, se llamaba el dueño de la Residencial de Bertrand y le contamos. Y el nos dijo:

- Sí, si hemos escuchado con unas radios portátiles que hay arriba  que usted venía por Chile y claro que le vamos a ayudar aquí. Claro que el camino -me dijo don Vitoriano -tendría que irlo a ver usted, no sé, porque para un vehículo, en fin, nosotros andamos bien a caballo por acá pero…, así que sería bueno, D. Rubén, que antes que oscurezca vayamos a ver el camino por si hay que despejar.

Porque por lo visto el me miraba y tenía sus dudas que podía ir en vehículo. Y yo también porque lo veía así un poco indeciso. Bueno, partimos a caballo. Partimos los cuatro y él y otra persona, Pedro Zanzana, que ya estaba viejo y era buen conocedor de aquello y nos acompañó también.

Pero cuando voy viendo el camino ¡puta! Aquello era imposible. Eran una gradientes tremendas y habían unas piedras, pero cada piedra de doce, catorce metros cúbicos. Y el resto bosque impenetrable. Y quebradas. Y más piedra. Aaaaaay – me dije – Dios mío. Aquí me metí en la camisa. Aquí todo el mundo implicado: el comandante, mi jefe, todo full. Qué hago Dios Santo. Tengo que volverme nomás. Y le pregunté a Contreras y me dijo

- No. Aquí estamos mal.

Y entonces D. Vitoriano para darme ánimo me dijo:

- Aquí nosotros con la gente podemos hacer una senda

- ¿Y cuanto demora?

- Mire, una semana por lo menos tenemos de trabajo. Pero después, pasados estos parajes, sigue igual. Hasta la pampa Gonzáles el terreno es todo así.

Todos teníamos la esperanza de la pampa Gonzáles. Yo no tenía ni idea de como era, claro que sí, había escuchando que era un terreno mas o menos llano y fácil. Estaba como a diez kilómetros adelante pero llegar hasta allá parecía una labor imposible.

- Pues vámonos -dijimos al final -La pasamos bien y mañana vemos.

Cuando llegamos a la residencial me sentí muy mal, muy mal. No encontré otra cosa y le pregunté a D. Vitoriano

- ¿Usted tiene una pieza donde yo voy a dormir no es cierto?. Démela pero por favor no quiero que me moleste nadie. Póngale a la gente el asado, póngale harto trago y a mi que me dejen tranquilo..

Eso era todo lo que yo tenía para celebrar nuestra llegada a Cochanre pero lo vi tan mal. Y además todo lo que había armado cada diez minutos salía en la radio. Y me sentí tan mal porque era la primera vez en mi vida, si bien tenía escasamente veinticinco años, que no podía cumplir un compromiso que me había impuesto. Y tener que volverme. No. Entonces me acordé de la Zoila. Noooo. Segunda vez en dos años que no podría verla.

Y ahí me vino todo esto en la cabeza y lloré, lloré, lloré y lloré pero cualquier cantidad por encontrarme en una situación tan degradamente. Que tenía que aceptarla y decirle a todos: – Miren, no pude. Y ya está – pero eso para mi no andaba, con la edad, con todo el impetu de la juventud. Si uno se disponía lo hacía y ya. ¿Y qué hacer? y mientras, oía la fiesta afuera con el asado de despedida regao, porque nosotros los regábamos bien. Y yo me dije ¿de qué manera puedo decirle a la gente que no seguimos? ¿no habrá alguna manera de hacerlo?

Y entonces se me vino la locura a la cabeza y dije.

- Ya. Aquí hay que dar la pelea. Que si en la pelea quedamos eso ya es otra cosa. Y la única manera de poder encarar eso es curao como raja. De aquí yo no duermo para nada. Vamos a la fiesta y al trago y comimos y tomamos y canciones y bailes y etc… Y ¡toda la noche en fiesta! Y repillaos. Y una vez que estábamos todo cocios, de repente  uno decía

- Y mañana emprendemos a las cinco de la mañana – y síiiiï decía Contreras- De ahí nos vamos -sabiendo que esa hueveda no se podía hacer. Pero nosotros cada vez más bravos y ya como seguro que salíamos a las cinco. Así que, como diez minutos antes de las cuatro de la mañana me llama D. Vitorino, el dueño de la residencial

- D. Rubén, por favor, duerma un poquito porque usted tiene que manejar. ¿Se acuerda que vamos a salir?.

- Pero ¿donde vamos a ir? – decía yo.

- No. Ayer usted lo encontró tan mal, pero con todo lo que han tomado ahora lo encuentra rebueno. De todas maneras nosotros lo vamos a acompañar. Llevamos hachas, cuerdas y algo vamos a hacer.

Así que me acosté un rato y cuando me desperté, todo el mundo listo vamos, pues vamos. Así que ese día 23 partimos nomás. Eramos nosotros cuatro, D. Vitoriano y unos 15 pobladores en total. Hacía un día claro y fresco. Muy bueno para manejar. Ahí anduvimos los primeros metros bien, pero ya, a los doscientos metros: las primeras piedras. ¿Qué hacer? y entonces se me vino a la memoria los colonos, los Foitzick, toda esa gente que entró a escondidas de la estancia, a poblar aquí la zona de Valle Simpson, de Lago Atravesado. Ellos hacían badenes con palos sobre los cercados para no romperlos porque sino venía la policía a llevarlo presos. Entonces yo miré las piedras tan altas, tanto bosque al lado y ya.

- Vamos cortando al tiro y haciendo rampas -les dije a los pobladores – Y así hicieron. Juntaban tierra, troncos, ramas y los ponían a un lado. Subía el vehículo a la piedra, bien frenado, yo siempre al volante y luego ponían los palos por el otro lado y descendía. Y al rato otro y luego una quebrada. Nos largábamos y luego el otro con el winche, todos empujando y después otros traían el caballo y tirando hasta que salíamos arriba otra vez. Y luego un cerco. Como dos cercos de alambre tuvimos que pasar por arriba con los troncos para no romperlos. Bueno uno lo rompimos por que era dueño Zanzana y nos dijo:

- Sí rómpalo nomás, para mi no es ningún problema.

Una faena que transpirábamos como locos. Y a cada rato corrían las cervezas y eso nos alimentaba el ego otra vez y seguíamos y donde había flaqueza ahora había fuerza. Y tanto trabajar. Y de repente nos dimos cuenta que eran las 10.15 de la mañana. Ahí paramos, sacamos una java de cerveza y a beber. Descansar, sacarse la ropa mojada y todo eso. En cinco horas habíamos andado un kilómetro.

A poco andar un poquito más allá, ya sentimos el ruido de la avioneta de Hein. Pero no había ningún claro así que mandamos a D. Vitoriano que fuera de a caballo hasta un claro con la banderita que tenía yo para que la mostrara ahí y supiera que estábamos bien. El siempre daba dos o tres pasadas hasta que veía que andábamos bien pues si hubiera visto el trapo negro alguien hubiera venido a nuestro rescate, el ejército seguramente.

Y de ahí seguimos por las piedras y por el bosque. Y cada vez que tirábamos el guante porque aquello veíamos que era imposible, Contreras y el viejito D. Vitoriano nos decían:

- No hombre. Si ya vamos a llegar a la pampa Gonzáles que es como una plaza. Como pavimento es -nos decían. Y nosotros seguíamos con los winches, las cuerdas, los caballos. Y tirando. Puta, pero no llegábamos nunca hasta que de repente, la vimos. Y ahí nos tomamos otra java de cerveza. Con esa se terminaron las dos javas que llevábamos ahí, así que Villegas abrió su bordalesa de vino. Y seguimos.

La pampa era realmente plana así que de ahí se devolvieron la mayoría y quedaron solamente cuatro con nosotros. Los Gómez que eran dos y los Zanzana que eran dos más. Y de ahí corrimos, me acuerdo a quince por hora. Y pasamos la pampa y a subir otra vez por la ladera siguiendo el curso del Baker. Y la ladera era realmente bien difícil porque solo había una picada. Por ahí andaba bien un caballo, pero eso no lo podía hacer un vehículo porque como mínimo tiene un metro sesenta de ancho. Y ¿qué es lo que hice? Pues ir despacio, inclinado así, y cuando se empezaban a levantar las ruedas del lado izquierdo, hice que Wellman, que era el más pesado, se colgara de esta parte del vehículo. Y si no era suficiente contrapeso, también Contreras se colgaba. Y cuando ya se levantaba y ya no había caso de seguir avanzando, entonces virábamos y continuábamos por otro camino más abajo. Ahí si que trabajaron harto lo Gómez y los Zanzana, con las hachas y troceadoras porque cuando me salía de la picada había que abrir nuevas sendas más abajo.

Así estuvimos hasta las cinco de la tarde. Subir cerros, bajar laderas, seguir el Baker hasta que cuando todavía era bien de día avistamos unas casas hermosas en una alameda. Y a poco de llegar habían unos caballos en un cerco y empezaron a correr y relinchar porque nunca habían visto un vehículo por supuesto.

Y entonces salió el dueño de la casa, el Sr. Lancaster, para ver qué pasaba y llegó hasta la tranquera y vio que veníamos. El Sr. Lancaster era un ingles que fue subadministrador de la Estancia Baker. Fue el capataz que quedó después de Bridges. Y después de que despareciera la estancia también quedó con campo. El era dueño de ese campo. Eran como4000 hectáreas. Cuando llegó a nuestro lado me felicitó y me dijo que era un loco y que nunca se había imaginado que pudieran quedar gente por esta zona capaz de intentar llegar en vehículo a Cochrane.

Yo me presenté y él se acordó y me dijo:

- Yo a tu padre lo conozco. Así que te quedas aquí en mi casa que aquí hay de todo

Nos llevó a la casa y abrió un refrigerador ¿cuando? Nosotros nunca habíamos tenido refrigerador. Y luz eléctrica. Y sillones de cuero. Preciosos. Y la señora muy atenta. Al tiro preparó un asado para los que llegamos. Y sacó un whisky excelente que nos bebimos al tiro. Yo le pregunté entonces si había oído hablar algo de los otros participiantes del rally. Y según él no sabía nada pero nos dijo.

- Yo veo difícil que pasen porque el río Chacabuco, por allá por la cordillera, por el bajohondo, por como viene el agua no pasa ninguno sino le hacen un puente y un puente les cuesta una semana.

Ahí me gusto es parte y me dijo:

- Yo te aseguro que no creo que pasen por allá. Si quieren cruzar deberán bajar el valle unos70 kilómetrosy pasar por allá abajo pero tampoco hay senda por el valle así que vas bien encaminado. Así que ahora tu problema es cruzar el Chacabuco. El vado es bueno pero este vehículo no creo que pase. Yo una vez quise hacerlo pero me sudé la cresta antes de llegar al río. Pero quédate aquí y mañana organizamos con todo.

Y yo le dije que no con pena, que no me podía quedar porque si los otros seguían en viaje yo tenía que aprovechar todo lo que pudiera.

- Pero ¿cómo? si de aquí no vas a alcanzar a ir muy lejos -me dijo porque él conocía su campo y a poco más andar las picadas cruzan unos minucos que le llaman a unos bolsones que se forman en la ladera y que se llenan de barro, de vegetación, de pasto y con el agua caída se empoza y queda como una bolsa de barro – y por ahí no vas a pasar.

- Pero lo tengo que intentar – le dije porque ya estaba comenzando a anochecer, el crepúsculo era. Así que cuando me vio tan porfiado me dijo:      – Bueno con el porfiado no hay nada que hacer. En todo caso si se llegan a quedar vuelvan a dormir aquí- me regaló medio tambor de benzina, unos80 litrosde benzina. Llenamos el tanque del vehículo y guardamos el resto. – Con eso tenéis para ir y si te falta yo te mando con algún peón a Cochrane con más benzina. Y ahora te voy a mandar a acompañar a Oliveros con una yunta de bueyes

Y así partimos. Pero al primer minuco, tal y como me dijo el gringo, quedamos encajados. Las puertas no las pudimos abrir. Solamente levantamos el parabrisas, todavía medio cocios con el whisky de Lancaster. Y ahí se quedó el vehículo y yo le dije a Oliveros.

- Vamos a dormir aquí y mañana vienes con los bueyes temprano y ves lo que puedes hacer.

Y Oliveros se fue. Y allí nos quedamos los cuatro a dormir. Con unas mantas no más, pero con todo el cansancio nos quedamos pronto dormidos Pero cuando ya estaba oscuro nos despertamos… con un hambre de caballo. Entonces nos acordamos que el asado había quedado para la cena bien regado, bien conversado, pero que como nosotros nos habíamos ido, no habíamos comido nada en todo el día. Y ¡puta! un hambre. Entonce me acordé del cajón de verduras y frutas de mi hermana. Lechuga, repollo de Bruselas, naranjas y manzanas había puesto yo, pero cuando las busqué no quedaba ni una porque resulta que en todo el viaje los otros habían abierto el cajón y lo habían repartido con los trabajadores

No, si manzanas no queda ni una. Nos la comimos todas en el viaje -me dijeron – Yo me quedé con tremenda lámpara pero se me pasó: – Bueno, comamos nomás – y comimos las lechugas así en seco, sin sal, y los repollos de Bruselas, primero porque esos tenían más gusto.

Y ahí nos quedamos dormido otra vez hasta que al otro día a recontinuar el viaje. Y de ahí hasta el río Chacabuco que dista unos18 kilómetros, echamos todo todo el día. Por los minucos y, como estábamos en octubre y habían habido deshielos hace poco, ahí habían unas vetas de grea inmensas, así que en cada arroyito que cruzamos eran unos fangos de grea. Los bueyes tuvieron que ayudarnos dos o tres veces a sacar el Land Rover del charco. Eso hasta que llegamos a un tramo que bajaba por una meseta y Oliveros me dijo ¿necesitan los bueyes? y yo de bajada le dije que no. Y se volvieron los bueyes.

Y así llegamos al anochecer a un campo que tenía arrendado Daniel Milladeo, el director de la escuela de Cochrane, y ese campo ya lindaba con el río Chacabuco. Cansados, llegamos de tanto winche, cuerda, tirar y de todo. Y el encargado que vivía ahí con su familia y unos cuantos peones ahí me dijo que allí había una casa grande y que el patrón cuando viene duerme en ella, así que allá se pueden quedar. Pucha, tenía camas para todos.

- Y ahora les preparamos asado -Y preparó dos corderos grandes. Y ahí le pregunté yo

- Mire ¿usted ha visto pasar vehículos?

- Mire no he visto pasar ninguno – y luego le preguntó a su mujer – Ella tampoco ha visto ninguno pasar porque ella los hubiera visto o los perros lo hubieran sentido porque si algo pasa por el río inmediatamente lo sienten los perros.

Y yo feliz porque eso significaba que íbamos primeros aunque no estaba muy seguro.

Pero aún faltaba lo más peligroso. Cruzar el río Chacabuco. En ese mes en que estábamos, con los deshielos, el río bajaba bravo pero en esa parte era ancho y además, allá cerca de la casa había un puente. Era un puente de madera de los tiempos en que Lucas Bridges sacaba la lana por Bertrand. Así que nos fuimos a ver el puente. Y yo
lo bien bien. Bien construido. Viejo, pero parecía sólido, pero los otros decían

- Noooo. Esto no aguanta un vehículo

- Vamos a verlo -les dije – y tomé una picota, bajé hasta el pie de los maderos y ahí le metí bien fuerte a uno de los troncos que lo aguantaban.

Ni modo. la picota entró en la madera como si fuera serrín y salió por el otro lado. Estaba podrida la madera. Menos mal que me lo advirtieron porque si llego a pasar por ahí todo se hubiera ido a la mierda. Así que regresamos a la casa sabiendo que tendríamos que cruzar el río y ahí nos tomamos el asado con el vino de la bordalesas de Villegas y festeamos hasta las dos o tres de la mañana. La verdad es que uno, con la juventud, la fuerza, nunca va a mirar la hora a la que te vas a acostar. El mas fiestero era el capitán del barco, él era bueno para el trago y la fiesta. Y Manuel Contreras, este amigo mecánico también era prestidigitador y ahí había también unos niños y les empezó a hacer magia y que se perdían las cartas, que el sombrero, que de repente la billetera. Fabuloso. Y ahí entretuvo a toda la chiquillada. Así que esa noche comimos harto, chupamos harto, lo pasamos muy bien y siempre no faltaba un acordeón por ahí.

Luego nos fuimos a dormir y a la mañana siguiente, la del día 25, temprano aparecieron en la casa como quince colonos a caballo. Mi cuñado Manuel Frías los había convencido para venir a recibirme desde Cochrane que estaba todavía como a21 kilómetrosde distancia y un río bravo de por medio. Todos vestido de huaso, el modo de vestir de aquellos colonos:  chamanto de vivos colores, sombrero de ala ancha y grandes espuelas, a veces de plata. Todos con buenos caballos. Los Orellana, los Quintana. Los Fuentes. Buenos lazos. También vino el jefe del retén de carabineros, Echevarria. Y ellos me trajeron la noticia de que no había llegado nadie. Que solo había llegado un peón y que les había dicho que dos vehículos habían caído al Chacabuco en el primer bajohondo, allá en el campo de Stanguer.

- No, pero que locos -les dije- si por allá el paso es bien angosto.

Yo creí que lo habían planeado mejor pero al final se demostró que intentar pasar por allí era una locura. Así que el río arrastró el vehículo, lo rompió y ya fue imposible sacarlo. Y los demás quedaron al otro lado sin poder pasar:

Si cruzábamos el río el Rally estaba ganado, me dije.

También llegó Don Guillermo Fuentes a comer asado con nosotros. Don Guillermo era el de las postas, el del correo. ese hombre salía de Chile Chico de a caballo y llegaba hasta Guadal, hasta Bertrand e iba dejando la correspondencia. Por eso conocía tan bien la región. Entonces pasó dos veces el río a medio filo, curao, y yo le pregunté como está el vado porque el río tenía mas de120 metrosde ancho y eso era importante porque al ser muy ancho el mismo caudal se distribuye significa que no era muy alto, ni era profundo, entre un metro, un metro diez, ni era veloz tampoco.

Entonces me dijo D. Chicho Orellana que lo había cruzado varias veces.

- Mira. Pasa conmigo de a caballo y fíjate.

Recuerdo que ese día hacia un sol fuerte y precioso. Cruzamos, nos fuimos fijando porque es bien clarito el río y la piedra más grande no tenía más allá de dos pulgadas y media y eso significaba que podíamos pasar bien con el vehículo.

Y empezamos a preparar el cruce. Primero sacamos las puertas, después la trasera y las pasaron a caballo al otro lado. Levantamos el parabrisas. Luego sacamos la correa del ventilador y eso significaba que no funciaba la bomba de agua. Contreras me dijo que cruzase rápido porque al no refrigerar antes de llegar al otro lado se me podía parar el motor por esa razón. Las bujías las tapamos con goma de neumático y también  bloqueamos el respiradero de aceite, los filtros y el diferencial para que no entrase al agua. Dejamos el tubo de escape sin tapar porque Contreras me explicó que mientras no se pare el motor no va a haber agua en el motor. También dejamos las ruedas bien infladas porque los otros me dijeron que no era incidente el ripio del fondo y se sujetaría bien el vehículo.

Yo había decidido cruzar diagonalmente a favor de la corriente y asi si me arrastraba siempre avanzaría hacia el otro lado y no volcaría tan fácil. De ahí nos fuimos bien arriba del río y me hicieron una bajadita con pala y picota rápidamente la gente. Por supuesto que desde el otro lado me amarraron con dos alambres grandes que sacaron de un cerco. Desarmaron un cerco, atortoraron un poco el alambre y así hicieron un cable. También me ataron dos lazos por si acaso me pasaba algo los otros tirarían desde el otro lado. Pero yo les dije que no tiren hasta que yo les haga seña, que realmente cuando el motor no funcione ahí si tienen que tirar.

Cuando ya estuvimos preparados llamé a mis compañeros para ver quien quería ir conmigo. Ninguno. Todos se fueron de a caballo. De Villegas lo esperaba porque él durante todo el camino, nunca se había subido al vehículo. Siempre iba al lado del jeep mostrando el sendero, de guía permanente pero nunca arriba, aún así fue el más entusiasta de los cuatro

- No, si al otro lado te esperamos. No vas a tener ningún problema -me decían los demás.

Entonces no me quedó otra que subirme yo solo y cruzar. Al poco de meterme en el cauce el agua ya me subía por las rodillas y la punta del volante también estaba bajo el agua. Pero el agua entraba y salía por la otra puerta. Y por la de atrás también. Así el agua pasaba y no hubo ningún empellón. Yo a cada poco sacaba la cabeza y miraba hacia atrás y veía los gorgollos de motor y eso quería decir que funcionaba porque allí solo se sentía el ruido del agua del río. Yo bien que veía el gorgollo le daba al acelerador, despacito, en primera. Al lado mío los unos que avanzaban, los otros gritaban, los otros tiraban balazos. Y así cruzamos de manera que cuando llegamos a la otra orilla subió el tren delantero y todavía con parte de las ruedas traseras en el agua… se paró el motor. Alcanzamos justo. Ahí mismo lo frené, ellos miraron que el motor estaba bien, que no había entrado agua. Excelente.

Después de una media hora, descanso y trago, ahí el jefe de retén sacó el revolver y le pegó un balazo a un barril y le abrió un agujero y ahí me pidieron una manguera con la que yo sacaba benzina y ahí bebimos todo. Yo he de confesar que me asusté con el disparo y casi agarro mi revolver porque en esos tiempos todos cargábamos armas. No por Coyhaique por supuesto, pero apenas salíamos de la ciudad, todos teníamos revolver. Recuerdo que en aquel tiempo las noches eran bravas y nadie salía de noche sin su arma. Pero volvamos al río.

Estábamos de celebración cuando también llegaron los camineros que ya habían empezado alguna faena y tenían los campamentos ahí y contento vinieron. A algunos los conocía yo de Vialidad así que cuando terminaos la fiesta, como a media mañana salimos para Cochrane. Eran 21 kms de pura ladera, feo, y harto pantanos, pero siempre habían andado animales por esas costas. Muchos y que ya se notaba una picada derecha para allá. Y también en algunos cortes ya lo tenían hecho los del MOP como el ensayo de un camino. Cortes como de quince metros de largo por cuatro de ancho y yo pasé por ahí. Para esos 21 kms tardamos como cinco horas, pero ningún inconveniente porque a cualquier inconveniente yo, con el motor parado, me sacaban tal montón de caballos adelante tirando.

Y para todo esto, todas las veces que yo llegué a la pampa Gonzáles, al faldeo de Lancaster, que después que llegué a Chacabuco, el avión de Hein no paraba de andar por arriba de nosotros. No es que fuera especialmente a vernos, sino que él viajaba a Cochrane y lo primero que el viajaba era por todo el cañadón para ver a los amigos que iban en viaje.

Entonces vino un caminero con el chuzo mas grande que había encontrado y ahí atamos la bandera enorme que me había traído mi cuñado, Manuel Frías y así llegamos a la escuela agrícola, un instituto de educación rural que tenían los curas, como a unos diez kilómetros antes de Cochrane. Y según llegamos el cura me hizo señas que me parase ahí y yo paré en un faldeo, en un pedazo de corte que habían hecho los camineros y él le dio permiso a todos para ir a ver el vehículo. Y llegaron todos los niños entre los cuales había alguno mas avezado y se acercó y lo tanteó así, como con miedo y ahí me di cuenta de que era la primera vez que veían un vehículo. En los libros sí, lo habían visto, dibujado, en el silabario salía un camión, etc, pero nada más. Aquello fue fabuloso porque cuando perdieron el miedo empezaron a tocarlo todos, y luego pidieron permiso para entrar adentro. Ahí estuvimos como una hora y después seguimos adelante.

Una vez que llegamos a Cochrane, los preparativos habían sido inmensos. Modestamente, nunca había sido elogiado de la manera que lo fui ahí. Yo y mis socios íbamos medio caramboleados pero ni se notaba entre ese barullo de alegría. Y allí salió todo el colegio con los profesores y también salieron los carabineros a recibirnos. Y Don Luis Gómez que era el radiotelegrafista de carabineros llego diciendo

- Te traigo un telegrama del teniente Merino que te felicita por la hazaña

Ahí ya supimos de manera oficial que habíamos ganado el Rally así que estuvimos una semana de celebración. Que la junta de vecinos, que el Club de Huaso, que la subdelegación. Y mientras tanto Wellman y Contreras se entretuvieron manejando el vehículo, que era el primero que había llegado al pueblo, y llevando a los niños para todos lados, porque todos querían subir. Y dos veces tuvieron que cambiar el neumático porque se reventó del peso de la gente porque era imposible hacerles entender que solo podían subir diez por ejemplo y se subían treinta o cuarenta. Y así todos los días  hasta que yo les dije:

- Miren, tiene que guardar algún tanque de benzina para que podamos volver al menos donde Lancaster, así que guarden esto y si quieren seguir paseando los niños consigan benzina por ahí.

Entonces había una niña, que es una señora ya, hija de D. Norberto Orellana uno de los principales pobladores de allá, que me dijo:

- Yo voy a traerle benzina

Pero como ellas la benzina o el petróleo eran lo mismo porque no sabían cual era cual, así que entre cuatro me llegaron con dos garrafas de los antiguas de quince litros pero era parafina y eso no servía para el vehículo. Y así estuvimos la semana hasta que decidimos volvernos y ahí quiso acompañarnos el alcalde de Cocharne, Vascur, se llamaba porque decía que aquello era un acontecimiento demsiado grande y él quería estar presente cuando llegásemos a Coyhaique a recibir el premio y los homenajes que supuestamente nos esperaban. Dejamos a Villegas con su vino en Cochrane y los demás nos pusimos en camino tempano a la mañana. Un día entero demoramos en llegar adonde Lancaster. Allí alojamos y siguió la fiesta con whisky, asado, música y que sé yo. Había de todo allí en la estancia. De ahí, al día siguiente llegamos a Bertrand, embarcamos el vehículo y pasamos a Ibañez. En Ibañez, para que le voy a decir, me llevaron a la escuela. Allí estaba toda la gente de mi pueblo. El director, todos los niños, mi padre, mi madre, mis hermanos y el director habló en nombre de toda la población para hacerme hijo ilustre que había hecho tanto. Fabuloso. Fue un pasaje de mi vida bien interesante para mi y nunca pensé que iba a tener esa repercusión. O sea, una locura de muchacho pero a su vez con alguna intención, con esta investigación de ver que porque nosotros teníamos que ocupar presupuesto fiscal para hacer un camino por Argentina pudiendo hacerlo por Chile

Así que, después de pasar un día con mi familia y dejar a Contreras que quería descansar con todo lo que había pasado y quedamos que una semana más tarde se juntaría conmigo para ver como iba a quedar lo del Land Rover que nos iban a dar de premio. Así que yo seguí hacia Coyhaique con el alcalde Vascur.

Cuando llegué ya me estaban esperando porque Chocair, el locutor de Radio Patagonia ya había dado la noticia de que yo sí que había llegado a Cochrane y era el ganador oficial del Rally. Así que yo me fui hacia la radio y ahí me dijeron que todos los participantes del Rally estaban el el hotel Chible, el principal que había acá, esperandome a una comida así que yo me fui para el hotel.

Macanudo la comida. Habló el alcalde de Cochrane, me hicieron hablar a mi. Entonces, al otro día cuando ya íbamos a recoger el premio, de repente, alguien me dice:

- Oye. No existe. La Fix se cerró.

- ¿Que pasó?

- El administrador hace ya dos días que se arrancó. No está. Y se fue  hasta el día de hoy. En la distribuidora quedó otro segundón, el señor Bravo, y ese señor Bravo nunca me quiso decir que pasó y dijo:

- Si aquí nunca ha habido ningún Rally. Nosotros nunca ofrecimos nada para nadie.

Y supe después de muchos años que se fue a Comodoro Rivadabia en Argentina a instalar una farmacia. Y nunca entregaron el land Rover prometido. Y cuando volvió Manuel Contreras de Ibañez casi me pego con él. Tuvimos una tremenda pelea porque él siempre se imaginó de que yo me había guardado la plata del Land Rover. Qué terrible. La que tuve que pasar para poder convencer a mi socio que además era el que siempre andaba velando por al seguridad y la integridad física de todos los componentes de la expedición y eso para mí no tenía precio. Sin embargo, los otros no dijeron nada porque supieron lo que había pasado

Entonces estuvo bien claro para mi de que el Rally había sido la justificación de la inversión para favorecer intereses creados de quien iba a llevar y quien iba a traer los 400.000 kilos de mercaderías de Cochrane. No lo sé. Habría que haber nacido tres veces para entenderlo. Además cuando llegué a Vialidad, malamente me felicitó mi jefe directo, el finado D. Gastón Adarme  y me dijo que yo le acompañara porque el señor Intendente de la Provincia me esperaba para felicitarme. Y éste me dio la mano diciéndome que le había ganado de mano porque en el mes de marzo él iba a ir a Cochrane con un vehículo.de la Intendencia.

Después llegaron los sucesos de Laguna del Desierto y supimos que los argentinos habían matado al teniente Merino allá en la frontera y a Coyhaique llegaron cualquier cantidad de carabineros y soldados. También llegaron periodistas de Santiago, D. Mario Gómez López, que también me entrevistó en parte, pero lo mío pasó a segundo, tercer y quinto plano porque la verdad lo otro era un problema limítrofe

A la semana que pasó todo esto, de repente llego a mi servicio y sé que D. Mauricio había sido trasladado como jefe del aeropuerto de Carriel  Sur, en Concepción y que yo estaba inmediatamente despedido del servicio. Yo, de acuerdo a la planta pública, era empleado obrero transitorio por lo tanto no había ni siquiera que mandarme una nota para eso.

- Usted trabaja esta tarde y mañana no hay trabajo aquí – así me dijo mi jefe D. Gastón Adarme.

Entonces Don Pedro Durán que era inspector jefe, segundo de a bordo, me dijo:

- Rubén, tú toma tu traje de agua y una pala y andate a la orilla del puente y espera que te va a pasar a buscar la cuadrilla. Tenéis que trabajar dos, tres días y mientras nosotros conseguimos que te trasladen a un lugar del país ¿te conviene?, y yo sí

Ellos hicieron los trámites con el Director Nacional de Vialidad y al cabo de dos semanas me mandaron un pasaje y una orden para ir a trabajar a La Serena, a la IV Región, a unos 2000 kms al norte del país. Y cuando pasé a Santiago el señor Director me felicitó y me dijo:

- Rubén, de aquí en adelante, de la escala de los empleados a contrata y en la Escala A, tu vas a tener grado uno.

Y el grado uno era solamente para los ingenieros así que imagínese. Y estuve de grado uno un año en La Serena y luego después me vine y continué mi trabajo en vialidad de Coyhaique. Y así hasta que unos años más tarde dejé Vialidad y monté mi propia empresa de obras viales.

NOTAS

         Conocí a D. Rubén Beyer por medio de Jose Barratini, con quien yo había hablado en diversas ocasiones acerca del libro que yo estaba escribiendo sobre la Carretera Austral. José me había hablado de aquel primer vehículo que llegó a Cochrane y a mi me interesó la historia. Subí a su casa un día. No estaba. Subí al día siguiente: no estaba y por fin al tercer día lo encontré. Le conté quien era, lo que hacía y él me invito a pasar amablemente a su salón y a partir de ahí y durante unas horas me contó una de las historias mas desmesuradas y rocambolescas que yo había escuchado en Patagonia. Tanto es así que regresé al día siguiente con la grabadora y le pedí que me la repitiera. La grabé y esta es la transcripción literal de su alucinante relato.

Dias después me fui a Cochrane por la misma carretera que ellos habían hecho 45 años atrás. Reconocí paisajes (la pampa Gónzalez, el paso del Chacabuco) y gentes. En Cochrane pasé cuatro días y me encontre con Doña Ernilda Cruces (sobre los 50 años), D. Alfonso Quintana (sobre los 70), D. Cecilio Oliveros (92 años), Doña Patricia Quintana (35 años) y otros vecinos del pueblo y todos, todos me relataron la llegada al pueblo del primer vehículo en el año 65, como lo recibieron y la que se armó en Cochrane a raiz de aquello.

Sin embargo, D. Rubén nunca más volvió a ver a su polola Zoila. Dos años después se casó con Naty, su actual esposa con la que tuvo dos hijos y Zoila murió quince años después sin volver a ver a su pololo.

En el año 1989, 24 años años después de aquel memorable Rally, el general Pinochet inauguró el tramo de carretera que unía Bertrand y Cochrane, una carretera que seguía casi el mismo itinerario por el que fueron aquellos locos valientes: D. Rubén, Villegas, Contreras y el capitán Wellman, cuya expedición ya forma parte de la historia de esa parte de la Patagonia chilena.

FIN

16 estaciones: Haile, príncipe del deporte

octubre 4, 2011

En la década de los 90, en el firmamento etíope ya brillan muchas estrellas: Abebe Bikila, Mamo Wolde, Miruts Yifter, Derartu Tulu, Fátuma Roba, todas campeones olímpicos, pero aún falta la más grande. Esa estrella rutilante que sirva de guía al país y haga que toda su gente se vea reflejada en ella. Un atleta memorable que no solo coseche triunfos, sino que tenga un carisma, una humildad y una talla moral a prueba de grandes fortunas. Y esa persona se llama Haile Gebraselassie, el hombre que lleva a Etiopía, de una vez y para siempre, hasta las más altas cumbres del deporte mundial.  

Haile nació un 18 de abril de 1973, en Dara, un paraje a las afueras de Assela, la capital de Arsi, la provincia donde, a partir de los años 70 nacen el 90% de los campeones etíopes. Ultimo de diez hermanos, seis chicos y cuatro chicas, la familia vive en una granja típica de la región, aunque en este caso rica. En el centro, debajo de una gran acacia, se eleva un amplio tukal, choza redonda de adobe cubierta de ramas de brezo, donde duermen los doce miembros de la familia sobre esteras de palma trenzada. Alrededor del tukal: la cocina; el huerto; un gran granero; un establo para la mula y los burros, y otro para la vaca y cebúes. La granja ocupa cinco hectáreas cultivables que su padre trabaja con un arado romano tirado por un par de bueyes para luego sembrar teff, trigo, cebada o maíz. El terreno rinde el suficiente grano para comer la familia pero la dieta es siempre la misma.

Por las mañanas, leche y algo de fruta si hay y por la tarde injerá, una gran crepe hecha de cebada o de teff, un cereal de grano minúsculo e insípido pero con alto contenido en hierro. La crepe se coloca sobre un plato familiar, y sobre ella se ponen diferentes ingredientes siguiendo el contorno del plato: un montoncito de crema de garbanzos, otro de lentejas, otro de patata hervida con coliflor, tomate cortado en rajas, o zanahoria, o pimiento, y en el centro, en contadas ocasiones, carne de cordero, cabrito u oveja aderezada con especias fuertes.

Como cualquier niño de Oromía, aunque sus padres son de origen amhara, desde que muy chico Haile tiene que levantarse al amanecer para bajar al río y recoger el agua que a esa hora es limpia y fresca. A medida que los hermanos crecen, su padre se empeña en hacer de ellos unos buenos granjeros, pero la gran obsesión de Ayelech, su madre, es que todos reciban una buena educación. Y ante una esposa insistente, el marido siempre cede, así que Ayelech se sale al final con la suya y, uno a uno, van ingresando en la escuela elemental de Assela, aunque eso no les libra de trabajar antes de ir.

Haile es un niño feliz hasta que a los siete años la vida le castiga con la mayor de las desgracias: su madre muere de un cáncer y la familia se hunde. Por suerte, su hermana mayor, Aynalah, que ya ha cumplido los veinte, se hace cargo de la prole, aunque para el niño Haile, sin su adorada Ayelech, ya nunca será lo mismo. Al cabo de muchos años él la evocaba así:

- Una de los recuerdos más claros que conservo de mi madre es de un día que volvíamos del bosque después de recoger madera. Como no teníamos dinero para zapatos, íbamos todos descalzos y me clavé una astilla. Mi madre me dijo que me sentara en un tronco y con mucho cuidado me la sacó y me curó.

Pero la vida sigue y hay que continuar luchando y, en esas lídes, el chico es un especialista. Primero ayuda en la granja y luego, cuando ve que llega tarde, sale zumbando a la escuela que está a la entrada de Assela, a unos a 5 kilómetros de Dara por un camino, casi todo cuesta arriba que discurre entre campos de cultivo, un denso bosque de acacias y eucaliptos, y un barranco profundo por el que baja un río que va bravo cuando llueve.

-… porque si llegaba tarde a clase, mi maestra me regañaba –recuerda en las entrevistas.

Un día, pocos meses después de la muerte de su Ayelech, a la vuelta de clase Haile se para al lado de un kiosko, a cuyo mostrador apenas llegan sus negros ojos rasgados, y escucha la voz enfervorizada de Salomón Tesama, el famoso locutor etíope que lleva narrando las hazañas de sus atletas desde Abebe Bikila en Roma, radiando la doble victoria de Miruts Yifter que corre en un país lejano. Y aquel día el chico regresa a casa dando brincos por el campo y corriendo a toda velocidad, jugando a ser como Miruts.

Y así, durante los siguientes ocho años, de lunes a viernes, su vida consiste en lo mismo: por la mañana: ayudar en casa e ir a la escuela; y por la tarde, con hambre, volver por la misma ruta, esta vez, casi todo cuesta abajo. Total: más de 10 kilómetros diarios. Qué mejor entrenamiento.

A Haile le gusta estudiar pero, entre todas las asignaturas, le encanta la geografía y se pasa las horas mirando un gastado mapamundi y aprendiendo de memoria el nombre de los países, de sus capitales y soñando con conocerlas un día. Pero, poco a poco se da cuenta de que, entre todas las cosas, lo que más le gusta es… correr.

Y aquel muchacho de apariencia frágil: bajo, flaquito, ligero y con pecho de barril, se toma su afición en serio y va corriendo a todos lados descalzo: a los recados que le encarga Aynalah, a jugar con sus amigos, a perseguir a las cabras, a ir al río a por agua, o al bosque a por leña. Tanto corre el siempre dispuesto Haile que su padre le dice un día ¡ven aquí! y le echa una buena bronca por andar perdiendo el tiempo en tonterías en vez de dedicarse a estudiar o a aprender un oficio, porque si no quiere ser granjero, al menos que sea profesor, medico o que trabaje en un banco. Lo que sea menos atleta.

- ¡Y deja de escuchar la radio y sal a buscarte un trabajo! – le gritó un día que Haile escuchaba absorto la retransmisión de una prueba deportiva.

A partir de entonces, las relaciones con su progenitor empiezan a deteriorarse y cada vez son más frecuentes las broncas y discusiones y la convivencia se vuelve cada día más difícil. Años después Haile hablaba de él sin ningún resentimiento:

- Mi padre era un hombre bueno, pero para él el deporte era sólo una diversión y no podía comprender que alguien pudiese ganarse la vida practicándolo. No le culpo ¿cómo lo iba a saber? Pasamos muy malas épocas pero, cuando en 1993 gané por primera vez el campeonato del mundo, terminó por convencerse.

.!El campeonato del mundo! ¡qué lejos quedaba aquel sueño de Assela en 1988! Porque en ese año cuando Haile compite por primera vez en una prueba de 3000 m. en un campeonato escolar contra alumnos de un curso superior y les gana con comodidad, dejando a más de uno estupefacto. Pero entre el público que asiste a aquella demostración de fuerza y velocidad, hay alguien que se fija en él. Es un profesor mayor que le anima y le convence de que, si se lo propone, puede llegar a ser un gran atleta.

Un vidente.

Justo lo que le faltaba a Haile: un poco de confianza en sí mismo. Por fin alguien cree en él, y eso le ayuda a tomar la decisión de su vida. Con quince años, y tras ganar algunas carreras en competiciones interescolares, deja Dara, la escuela, el campo y la granja y se muda a Addis, donde vive su hermano Tekeye, que se ha hecho corredor de maratón y al que Haile admira mucho.

Por aquella época tampoco les sobran los medios y los dos tienen que compartir las mismas zapatillas cuando salen a correr. Haile entrena por instinto. Sin nadie que le aconseje si debe hacer esto u lo otro, sale de madrugada o al atardecer, según le toque el turno de las zapatillas, y se va corriendo a las colinas de Entoto o al monte Arafat. Está dos, tres horas, y luego regresa a casa. Y cuando se siente dispuesto, se inscribe y gana el 3000 del campeonato nacional escolar, y luego, con solo dieciséis años, se atreve a correr con los mayores, quedando en el puesto 99 y el primero de su edad.

¿De dónde sale este chico?, se pregunta más de un club que pretende tenerle en sus filas. Al final le recluta el Amedla Police Club pero como Haile siente que su destino no es vestir un uniforme, ni desfilar con una porra, ni aprender a disparar, al cabo de un año y medio, lo deja y sigue por libre.

En el 92 supera las pruebas de clasificación para el 5000 y el 10000 del campeonato mundial junior que se disputa en verano. Y allí se presenta Haile. En Seúl, Corea del Sur, una ciudad y un país que él miraba de pequeño en aquel viejo mapamundi, soñando con conocerla algún día. Pues ya está. En Asía. Por primera vez en su corta vida y ¡representando a Etiopía!, un muchacho imberbe de apenas 19 años, con cara de niño feliz que no deja de reír, 1,60 de alto, 48 kgs, ligero como un ibis abisinio y veloz como un nyala,

Enorme, populosa, limpia, con una actividad febril y rica, Seúl es tan diferente a lo que ha visto antes, que todo le sobrecoge. Pero las carreras no, y en tan sólo en una semana, se consagra como el rey.

El 5000, pan comido. Se merienda de un bocado al keniata Kitui, que al año siguiente se vengará de la afrenta, y a un joven marroquí destinado a escribir, doce años después, la mayor gesta olímpica de la historia de Marruecos, Hicham Al-Gerrouj, con quien acabará teniendo una profunda amistad.

Y en el 10000, más de lo mismo, y aunque en ésta sufre hasta los metros finales, también se adjudica el oro. La anécdota de la jornada la protagonizó el keniata Josaphat Machuca quien fue descalificado por agredir a Haile. Y es que Machuca sintió tanta frustración al ver que le atrapaba poco antes del final que nada más adelantarle le soltó una colleja en la nuca y casi le desequilibra. A la calle por violento. A pesar del incidente el etíope cruza la meta el primero y se adjudica el doblete. Como su admirado Miruts Yifter, sólo que en versión junior y en un campeonato del mundo.

Haile regresa a casa y, con el dinero de los premios al fin puede hacer realidad un sueño: ayudar a sus hermanos. Zapatillas para todos, comer en un restaurante, pagar el alquiler y enviar una parte a Aynalah, cuya salud no es muy buena.

Se avecinan buenos tiempos, aunque a los pocos meses compite en los campeonatos de Africa senior y esta vez los keniatas, más expertos y curtidos, le dan un buen escarmiento y mozalbete “solo” consigue llevarse un bronce y una plata.

Poco comparado con lo que está por venir.

Y en agosto del 93, Haile, que nunca deja de entrenar por las colinas de Addis y ahora con un buen calzado, se encuentra por primera vez en la cuna del atletismo: Europa, en Stuttgart, Alemania, donde se celebran los campeonatos del mundo…, senior. Se acabaron los juguetes. Ahora toca ponerse serio. Esto ya es otro cantar. Sí. Es el doble campeón junior ¿y qué?, dentro del Goettleb Daimmler Stadium, sólo los más entendidos han oído hablar de él. Porque allí abajo, en el anillo, está la armada de Kenia, que lleva más de quince años dominando la larga distancia.

Primero a por el 5000 que, aunque no sea su distancia favorita, siente que puede ganarlo. No lo hará: el keniata Kitui, quien lleva esperando un año la revancha de Seúl, le gana por 5 metros y le deja con la plata.

La tarde soleada del 17 de agosto, la prueba definitiva: el 10000 contra un elenco de atletas que no se lo va a poner fácil. tres keniatas correosos: Tanui, Segui y el peor: Richard Chelimo; una flecha de Burundi: Nizigama; y dos europeos guerreros, Stephan Franco, el alemán y Panetta, un italiano que corre con un pañuelo añil al más puro estilo pirata. En aquellos tiempos Europa aún daba guerra en la distancia: hoy ya no. Y para ayudar a Haile contra ese batallón, su amigo Fita Bayissa que viene de ganar el bronce en el 5000.

Todos están preparados para ganar al etíope, pero lo que ignora esa gente es que, con 20 años y 4 meses, la máquina Gebraselassie ya está lista para demoler a quien se ponga delante: La cabeza, amueblada y con tres ideas muy claras: ganar, ganar y ganar. Los pulmones, barnizados de aire puro. El corazón, calibrado hasta la micra. Los lumbares, engrasados con el mejor lubricante, y las piernas, afiladas como bisturís dispuestas a rasgar el aire.

Suena el tiro habitual y comienza la carrera más extraña que he visto en toda mi vida. Durante la primera mitad, los keniatas comandan pero ninguno se despega, ni europeos, ni africanos. Aquello es un ten con ten. Bayissa va ayudando e Haile pero en el kilómetro 5 agotado, se retira. Y entonces Chelimo y Tanui, viendo al etíope solo, comienzan la cabalgada. Ninguno lo aguantará salvo Haile que les sigue a pocos metros con su estilo peculiar: el brazo izquierdo encogido como si llevase aún el viejo cuaderno escolar, y el derecho suelto y haciendo el molinillo, como si espantase moscas. En el kilómetro 7 con Tanui ya descolgado, comienzan las extravagancias. Chelimo se aparta un metro y le pide a Haile que pase. Este levanta los hombros, le enseña las palmas y dice:

- Lo siento amigo, pero el oro está muy caro.

Chelimo se enfada y va blasfemando delante. Y en el kilómetro 8, lo mismo, Chelimo se vuelva a apartar, de nuevo le pide que pase y de nuevo obtiene un no. El cabreo va en aumento, pasa otro kilómetro y medio y justo después de que suene la campana Chelimo se trastabilla. ¿Qué le ocurre?, pues que, sin querer, Haile ha pisado el talón de su zapatilla izquierda y la ha descolocado. El keniata continua a trompicones y maldiciendo a su enemigo hasta que unos diez metros después lanza una patada al aire y suelta la zapatilla. Y así con un pie calzado y otro no, comienza otra galopada con una zancada enorme que deja al estadio mudo. En la recta de tribunas saca a Haile quince metros. De la última curva sale conservando la ventaja y cuando solo quedan 50 m, se produce el milagro. ¿Qué pasó?, ¿de dónde sacó Haile las fuerzas si el keniata nunca disminuyo su zancada?, ¿qué ley se saltaron los dos?, porque desde allí hasta la meta, un etíope encendido, no solo atrapó a Chelimo, sino que en la línea de llegada le sacó 5 o 6 metros. Oro, pero ¡vaya bronca le metió Chelimo detrás de la meta esa tarde! Estuvo un par de minutos que sabe Dios lo que le dijo, mientras Haile trataba de disculparse esperando la decisión de los jueces:

- Lo siento de verdad, amigo. Son gajes de nuestro oficio.

Unos minutos después el jurado dictaminó que el lance fue fortuito y concedió el oro a Haile. En Etiopía, ese día, todo el mundo lo celebra, pero sobre todo alguien que hace muchos, muchos años, no tuvo confianza en él

- Estaba tan contento que casi me muero – dijo su padre tras aquella épica victoria – Desde entonces, nunca le he vuelto a decir que el atletismo era una cosa inútil.

Tomar nota. 10000 metros. Stuttgart. Agosto del 93, porque es a partir de esa fecha cuando empieza el reinado inquebrantable de Haile Gebraselassie I, la dictadura de su zancada, el imperio de sus piernas, y la ley de “su” velocidad ya que, durante los siguientes ocho años, ocho, nadie, absolutamente nadie en el mundo consigue vencerle en una sola final en la que él participe.

Comencemos: el 94 es solo de transición porque, aunque bate tres records del mundo y gana cuatro carreras, el año termina con una triste noticia: su hermana Aynalah, la que se hizo cargo de todos, la que les sacó adelante en el lugar de Ayelech, muere de agotamiento y stress. A Haile le vence una pena, que luego superará corriendo cada vez más.

Sigamos: en el 95 bate otros cuatro records y en Goteborg, Suecia, revalida su corona mundial del 10000, de nuevo destrozando a los keniatas, a cuya “Invencible” Armada, se ocupa, personalmente, de torpedear y de enviarla al abismo donde solo podrán recoger los restos de plata y de bronce que Haile vaya dejando.

Y en el 96, al fin se avecina su sueño: Los JJOO de Atlanta porque, y como el mismo dijo:

- Puedo batir muchos record mundiales y ganar muchos campeonatos del mundo, pero para el pueblo etíope lo que cuenta de verdad es ver su bandera dando la vuelta de honor en manos de un compatriota y ondeando en el mástil central de un estadio olímpico”

Pero Haile no sólo quiere ver ondear una vez la tricolor en Atlanta, sino dos porque su objetivo es emular a su ídolo de infancia, Miruts Yifter, y conseguir el doblete.

Con esa idea en la cabeza Haile sale a la pista la tarde noche del 29 de julio. Y en la línea de salida, de nuevo, los más peligrosos del mundo. Pero aquello es la Olimpiada y está en juego, nada menos, que entrar en los libros de historia. Allí está otra vez Kenia con su cantera infinita. Paul Tergat a la cabeza, y Paul Koech y Josaphat Machuca, el mismo de la colleja en Seúl, escoltando al almirante. Marruecos con Salah Hissou y el vigente campeón Khalid Skah; Burundi, con Nizigama; un joven Abel Antón, todavía con su pelo; otro joven italiano que luego se hará famoso: Stefano Baldini; mejicanos, alemanes y corredores comparsa. Y entre tanta y tan alta estrella, el pequeño Haile, a quien se le ve nervioso porque tiene el gesto serio, algo muy extraño en él.

Un disparo de pistola ( y nunca mejor dicho) anuncia el comienzo de una guerra en la que no valen prisioneros. Será todo por el oro. De hecho, la primera mitad, con Nizigama tirando, se corre a tal velocidad que los tres de cabeza ese año se hubieran colgado las medallas en el 5000. ¡Y aún faltaban los segundos 5000!

En el kilómetro 6 el gran grupo se disuelve. Los no africanos a casa y los africanos, nueve, con el cuchillo en la boca. En el kilómetro 7 ya solo quedan seis y empieza el duelo de siempre. Koech, Machuca y Tergat tratan de asfixiar a Haile. Nada. En el 8, lo mismo. Nada. Y antes de llegar al 9, Tergat dice “Hasta aquí hemos llegado”, pega el tirón y se va. De todos menos de Haile, que aunque pierde su estela, logra mantener el tipo. A falta de 200 m. aún gana el keniata que ya se huele la tostada.

- No tengo ni idea si le estaba haciendo daño a Haile, pero te aseguro que lo intenté de verdad –dijo en la sala de prensa.

Tergat, como siempre, se dejó el alma en el anillo pero los finales de Etiopía aún no los ha superado nadie y a la salida de la última curva, Haile saca el hacha de talar y la recta la hace solo. El oro llevará su nombre y el record olímpico también, un record que tardará ocho años en batirse.

Primera misión cumplida, pero no habrá segundas partes porque la batalla ha sido tan dura que Haile apenas puede caminar dando la vuelta de honor y debido a las heridas no podrá tomar la salida en el 5000.

- ¿Cómo han podido instalar un sintético tan duro? ¡Esta superficie es un crimen para un corredor de fondo! – protestó Haile sentado en la hierba mientras se echaba agua fría en las heridas sangrantes de sus dos pies reventados – Francamente, nunca me he sentido tan cansado después de una carrera.

Es igual, como en su sueño infantil en aquel kiosko de Assela, esa noche ve la bandera tricolor ondeando en el mástil central, escucha el himno nacional sonando en su honor y él, subido en lo más alto del podio, rompe a llorar como un niño.

Una semana después, Addis Abeba se viste de largo para recibir a sus dos flamantes oros que regresan de Eldorado. Haile y Fatúma Roba, oro en la maratón femenina, y también a la veloz Gette Wami que se ha adjudicado el bronce en el 10000.

Y como colofón de aquella gran temporada, boda por todo lo alto, pues a finales de año Haile se casa en la iglesia de Santa María en Addis, con Alem Telhone, un flechazo de amor loco y a la que había prometido llevar al altar en cuanto fuese campeón olímpico. Promesa cumplida. Más Fiesta, viaje de bodas y de nuevo a las colinas para mantener la forma.

Bien la mantiene el muchacho porque en los cuatro años que siguen, desde el 97 al 2000, solo hay buenas cosechas: Por dos veces consecutivas, en Atenas y en Sevilla, batiendo otra vez a Tergat, renueva su cetro del mundo. Y entre medio, uno tras otro, destroza nueve records mundiales, desde la milla a los 32 kilómetros demostrando que le dan igual las distancias. No hay marca que se le resista. Le eligen Atleta del Año en 1995 y otra vez en el 98, y en su país, además de honrarle con un título muy rimbombante: Héroe Nacional de los Tiempos Modernos, ponen su nombre a una de las avenidas más importantes de Adidís.

Y en competiciones menores: lo mismo: ya sea en los meetings más prestigiosos; la Golden League o el indoor. En Bruselas o Estocolmo. En Oslo, Zurich, o Lausana. En Niza, Tokio o Helsinki, En Boston, París o Milán, en Londres, París o Moscú, en Roma o Montecarlo, allí por donde pasa Haile, los joyeros ya graban con días de antelación su nombre en la medalla de oro, y los banqueros escriben su largo apellido poniendo mucha atención para no equivocar las letras en el cheque millonario que acabará en su bolsillo.

Y el resto de corredores de 10000 que hay en el mundo, ¿como están?, pues ¿cómo van a estar los pobres? Desesperados y ansiosos. Todos se inscriben en las competiciones esperando algún milagro o para luchar por la plata. Ir más allá es imposible. El oro ya está adjudicado antes de que suene el tiro.

No hay opción. No hay ninguna posibilidad. Nadie le puede igualar y ¿porqué?, ¿qué secreto guarda en su seno ese reloj de correr? Pues no existe tal secreto. Lo que tiene y hace Haile está a la vista de todos: un físico prodigioso, una voluntad de hierro, un instinto natural para leer las carreras y su forma de correr.

Y es que, las carreras de 10000 son tan largas y tan duras que, para lograr una progresión constante hay que aterrizar con la puntera del pie, luego posar el talón, hacer fuerza en los lumbares y lanzar la otra zancada. Eso hacen los humanos. Pero Haile proviene de una lejana galaxia porque él no corre…, él baila. Apoyándose en las puntas, como si fuera al ballet, es capaz de, si la carrera lo exige, hacer muchas vueltas así. Sí, como cualquier velocista de 100 o 200 metros que van saltando por la pista como si tuvieran alas. Pero hacer eso, en un 10000 es una pura locura pues existe un alto riesgo de romperse los dos tendones de Aquiles, agrietarse los gemelos o destrozarse algún huesecillo del pie. En teoría, nadie puede aguantar eso pero Haile está hecho de otra pasta y si la carrera es lenta, el corre como los demás, con apoyos planos, que para él es como ir descansando. Pero cuando la lucha lo exige, cambia el chip, empieza el baile y… adiós muy buenas a todos.

Desde su Dara natal, así ha forjado sus piernas, sin que nadie le aconseje, ni le diga si está bien o está mal hecho. El corría con las puntas pues en la velocidad estriba la diferencia de llegar pronto o tarde a clase y de sufrir o evitar la regañina de su dura profesora.

Los entendidos se pasman. Los médicos no quieren verlo. Los comentaristas callan y los rivales lo aceptan. Y mientras, Etiopía vibra con su héroe nacional que es admirado en el mundo.

Y así, triunfo tras triunfo y record tras record, llega el año 2000, el de la consagración del equipo de Etiopía, pues el país acude a la XXVII Olimpiada, en Sydney con un equipo impresionante: 33 atletas de élite y muchos con posibilidades de arañar algún triunfo. Lo nunca visto hasta entonces.

Y a la cabeza Haile, que la noche del 25 de septiembre va a protagonizar su enésimo duelo en el 10000 contra la armada keniata, que sigue luchando por salir de nuevo a flote y que acude con sangre fresca: John Korir, Patrick Ivuti y al frente, cómo no, su ya gran amigo en la vida y mejor enemigo en la pista, Paul Tergat. Pero hay otros, como el marroquí Berioui; Nizigama, aquel viejo conocido de Burundi, el portugués Ramos y sus dos compatriotas, Tola y Mesgabu. Todos sueñan, se ilusionan y piensan para sus adentros

Ya tiene 28 años, no es un niño. Tendrá los talones fatal tras siete años de machaque. A lo mejor falla en algo y puede que le ganemos”

Habrá que verlo. La noche cae sobre Sydney cuando presentan a los atletas. A Haile lo califican como “leyenda viviente” y se le nota tranquilo porque no para de reírse. Pero la risa se va en cuanto suena el disparo. II Gran Guerra Africana. Los de los otros continentes no tienen nada que decir: solo les queda mirar y tratar de aprender algo, por si en un futuro lejano, tal vez, quizás….

Lo que pasó aquella noche en el anillo de Sydney ha sido calificado por algunos especialistas como el mejor 10000 que se ha visto en toda la historia olímpica.

De hecho, la carrera va veloz y al pasar el kilómetro 3 ya se ha roto el pelotón y delante solo quedan 13 hombres: 11 africanos + 1 japonés y 1 mejicano, Galván, estos dos últimos esperando a ver que pasa. Y pasa que el kilómetro 7 ya solo quedan seis africanos: los tres de Kenia. Mesgabu y Haile de Etiopía y el marroquí Berioui. En el 9 Korir ya solo quedan cinco. Entonces surge la estrategia: Haile, que va en cabeza seguido de Paul Tergat, hace una seña convenida a su compañero, y Mesgabu se pone a la par y un metro por detrás encerrando al keniata. ¡Ah! Se siente. Vale todo en esta guerra. Tergat comienza a desesperarse, aguanta un rato detrás y cuando tañe la campana se abre, salta como una liebre y se sitúa en cabeza. Y tira, tira, tira y tira. Y no para de tirar durante 395 m. con Haile siempre a su espalda. Esta vez, parece que sí, que Tergat le ganará pues a la salida de la última curva Haile todavía va 5 m. por detrás. Así entran en la recta, con el todo estadio tenso, unos animando a Kenia y los otros a Etiopía. A 40 metros: Tergat, A 20 metros; Tergat: Pero a 10 metros de la llegada emerge a la altura de su hombro derecho la pesadilla de siempre, aquel hombrecito verde que se le aparece en sueños y que, a 5 metros de la meta, da tres brincos de gacela y cruza la línea primero con ¡1 décima! de ventaja sobre su gran enemigo en la pista..

Nunca se ha visto nada igual en una final del 10000.

Mesgabu, Tola y Haile, risueños, dan la vuelta de honor envueltos en la bandera mientras, escondidos en el túnel, Kenia llora la más cruel de sus derrotas. Y esa noche, como cuatro años antes en Atlanta pero esta vez sin lágrimas, Haile ve ondear la tricolor en el mástil mientras escucha las dulces notas del himno.

Segunda misión cumplida: como Abebe, Miruts y Derartu, ya es doble campeón olímpico. Recibimiento de cine en la capital etíope, vacaciones… y a correr.

En el tiempo que transcurre entre Sydney 00 y Edmonton 2001, Canadá, donde se van a celebrar los campeonatos del mundo, Haile no da muestras de declive. Es más, un día antes de la carrera, en una rueda de prensa levanta su mano derecha y la mueve con los cinco dedos bien abiertos, dando a entender a los medios que va a por su quinto titulo. La manita

No lo conseguirá.

Según algunos, porque en Edmonton ha cogido un resfriado, y esa noche tiene fiebre y no puede descansar. Y según otros, porque sus tendones de Aquiles ya no dan más de si. Sea lo que sea, da igual, al día siguiente, un joven atleta keniata, otro que lleva su espina clavada en el corazón, Charles Kanathu, pasa a a convertirse en héroe de su país al ser el primero, tras ocho años de intentos, que logra vencer al pequeño etíope. Aunque sólo sea por apenas dos segundos, el Comandante cae.

Aquella noche corrió la cerveza a raudales en los salones de Eldoret, el cuartel general de los atletas keniatas a unos 200 kms al oeste de Nairobi. Las canciones y los gritos espantaron a las hienas y ahogaron el rugido del león. Kenia estaba de vuelta. Otro brindis. ¿Sería aquella victoria la primera de una “nueva era” que duraría otros quince largos años?

No. No duró mucho el encanto. Exactamente… 3 días porque en la maratón, otro vecino del Arsi, Gezahin Abera, destroza a los keniatas..

Hasta aquí, la trayectoria de un deportista único e irrepetible pero, ¿qué ha sido del ser humano?

Ya pasada la treintena, Haile es un hombre creyente seguidor de la iglesia ortodoxa etíope que pasa una gran parte del año en Addis donde se ha construido una bonita villa. Y con Alem, su mujer, ya tiene dos preciosas hijas, Eden y Melat, a las que se sumarán dos más: otra niña, Betiy y luego el pequeño Nathan.

Por supuesto que para esa época, Haile ya es multimillonario, gracias a que, entre otras cosas, ha elegido como agente a Jos Hermens, holandés, antiguo corredor de fondo que compitió en los 80, que maneja con habilidad su calendario de eventos y los derechos mundiales de su imagen. De hecho, su fortuna no solo proviene de los premios, sino también de la publicidad y de una marca universal de artículos deportivos que le paga un dineral solo por vestir sus prendas. A pesar de ello, declara:

- Podría vivir muy bien en cualquier parte del mundo, pero elegí quedarme para ayudar a mi país. Aquí es donde gasto todo mi dinero porque nací en Etiopía, y aquí es donde moriré.

Y con esa filosofía, se involucra totalmente en el desarrollo de Etiopía. En campañas antisida y en contra de la pobreza. Creando cientos de puestos de trabajo a través de una empresa constructora, que dirige su hermano Assefa, y que ya ha levantado varios edificios en Addis y uno en Assela, su pueblo. Inaugurando una cadena de escuelas repartidas por todo el país que llevan el nombre de su madre, Ayelech. Fundando el Global Adidas Club, una entidad que beca a 35 jóvenes promesas con 50 euros al mes (buen salario en Etiopía) además de proporcionarles un completo atuendo deportivo. Ayudando también a las viejas glorias, pues cuando el gran Mamo Wolde sale por fin de la cárcel, él es el primero que contribuye a un fondo para su pensión. Y promocionando la Gran Carrera Etiope cuya finalidad es cambiar la imagen de Etiopía, y que ya ha cumplido sus seis primeras ediciones con tal éxito que ahora la sponsoriza una gran marca de coches.

- El mundo exterior solo conoce Etiopía por sus guerras, sus hambrunas y su pobreza extrema. Eso no son regalos de Dios y sólo pueden resolverse con nuestro esfuerzo colectivo. Etiopía es sólo responsabilidad de los etíopes. Todos los países del mundo, en alguna época de su historia, han sufrido penurias y calamidades. Y han salido adelante. Y Etiopía saldrá adelante.

Parece que Haile está muy ocupado con su familia, las campañas publicitarias y en sus diversos negocios, pero la realidad es otra porque él siempre tiene presente los dos motores que dan impulso a su vida: el atletismo y su gente.

- Yo corro por la gloria de mi país

Y por eso, aunque no para de ganar y sigue batiendo records, en 2002 realiza dos anuncios importantes:

El primero, en Doha, ante cientos de medios de comunicación de todo el mundo, declara que cuando se retire del atletismo se meterá en política.

- Etiopía tiene muchos problemas pero ninguno comparable a que millones de personas no puedan procurarse el suficiente sustento. Un alto cargo político proporciona mucho poder y podría ayudar a mi gente que sufre desde hace muchos años.

Y el segundo: que viendo como vienen los jóvenes de fuertes y rápidos y sabiendo que sus tendones de Aquiles no aguantarán mucho más, anuncia que se pasa a la maratón.

Buena decisión esta última porque al poco tiempo bate el record mundial de la media maratón en Phoenix, Arizona, y luego gana en Lisboa y Almería, aunque pronto se da cuenta de que en este tipo de carreras tiene una desventaja que no tienen los demás. Y es que Haile es tan ligero, que al correr por espacios tan abiertos, en cuanto sopla el viento fuerte, él se vuela. Y con el viento de cara, peor, porque casi no puede avanzar. Pero en condiciones óptimas él da guerra hasta el final, no en vano, después de cuatro coronas del mundo, dos oros olímpicos, veintitrés records del mundo, cincuenta y tres nacionales, y más de doscientas victorias en todo tipo de carreras, es nombrado y por unanimidad, el mejor atleta de fondo que haya existido jamás.

Pero Haile, como le pasa a Derartu Tulu, también doble campeona olímpica, también es un romántico o tal vez un testarudo y cuando se aproximan los JJOO de Atenas 04, se le mete en la cabeza que quiere participar en su distancia de siempre para así poder convertirse en el primer africano que gane el oro en tres olimpiadas seguidas. Es absurdo porque él mismo sabe que tiene pocas posibilidades ante una generación de rivales que es más rápida y más fuerte. Y para colmo, un mes antes de la cita se vuelve a lesionar los talones y pierde tres semanas de entrenamiento. Tan negro ve el panorama que, unos días antes, declara un tanto resignado:

- Voy a correr porque es esta carrera, si fuera otra no correría. Lo haré lo mejor que pueda.

Y su premonición se cumple porque sólo queda quinto, aunque tiene el gran placer de contemplar desde atrás como su sucesor, Kenenisa Bekele, se lleva el cetro a casa, y de paso les dan un nuevo repaso a su ya eterno rival, Kenia: oro y plata para Etiopía

Ya está: se acabó el 10000 para siempre, y en noviembre de 2004 se opera de los tendones, se recupera en pocos meses y retoma su carrera. Calzando unas zapatillas especiales que refuerzan la parte trasera del pie, recorre las avenidas del mundo con un triunfo tras otro: en Londres y Fukuoka, en Amsterdam o en Berlín. Siempre con un mismo fin: correr la maratón de Pekín donde se celebran los JJOO 2008 y en la que quiere coronarse triple campeón olímpico. Y para demostrarlo tan solo unos meses antes bate en Berlín el record del mundo que tenía su gran amigo Tergat.

Pero Pekín está lejos y cuando acude a explorarlo descubre que al enorme contaminación de la ciudad puede poner en peligro su salud debido al asma y decide retirarse.

No competirá más”, es lo que piensa la gente al conocer la noticia. Pero todos se equivocan porque por sus venas corre el tartán de los estadios y Haile deja a todos asombrados cuando dos meses antes de la nueva cita olímpica, hace marca en Holanda para correr los 10000 ¡por cuarta vez consecutiva!

El 18 de agosto de 2008, como cuatro años atrás, allí está Haile, en la línea de salida junto al dueto de siempre Kenenisa y Shinine, aunque sabiendo que hace más bien de comparsa porque a sus treinta y cinco años, es imposible batirles.

La carrera de hecho es un calco a la de Atenas, y aunque Haile termina en séptima posición, no por ello se desanima pues al terminar declara:

- Esperaré a la maratón de Londres 2012. Entonces tendré 39 y a esa edad ganó Mamo Wolde en Méjico 68.

La leyenda aún pervive.

Respecto a su carrera política, en Etiopía ya todos le llaman, no sin dejar de reír, el futuro presidente. Y respecto a la deportiva, nadie sabe, ni él mismo, cuando tocará a su fin, pero lo que si es seguro es que su sonrisa y humildad iluminarán mucho tiempo los estadios del planeta y a las gentes de Etiopía.

   

*****

Un día de sol ardiente, en plena estación seca, fui al barrio de Merkato en Addis Abeba y cogí un bus a Assela. La capital del Arsi es una ciudad pequeña, de unas 20.000 personas prendida con alfileres en la ladera de un monte que desciende perezoso hasta la orilla de un lago en el que beben los monos. Por su altura y latitud la comarca es un vergel con ricas tierras de cultivo, hermosos y frondosos bosques y riachuelos saltarines.

A Assela la parte en dos un ancho bulevar arbolado y empinado a cuyos lados se ubican edificios principales: hospital, hoteles y un centro comercial de dos plantas que ha construido Haile. Este bulevar siempre está lleno de gente que sube y baja sin parar, como si fueran las escaleras mecánicas de unos largos almacenes que siempre están en hora punta.

Un par de días después alquilé un rústico carruaje tirado por un jamelgo que nos condujo hasta Dara. El cochero era un voluntarioso oromo que a todo decía que sí. En el camino de ida, le pregunté varias veces su nombre y siempre me dijo que sí. Lo dejé por imposible y me dediqué a contemplar el paisaje.

Dara no es el nombre de una aldea, sino de un extenso paraje donde sólo se oye el viento y se ven lejanas granjas dispersas. Me acerqué a una de ellas, vi a dos hombres levantando una campana de heno y les pedí que nos indicaran cual era el mejor camino para alcanzar nuestra meta. Se llamaban Zemet Asnaká y Gubiyé Tamburu, y, en un inglés de primer curso, me contaron que de pequeños jugaban con los hermanos de Haile. Y que casi todos los días, a la caída de la tarde, Yeshi, Tekeye y él pasaban por allí corriendo y regresaban de noche. Me quedé como una piedra. ¿el benjamín de los diez, tras ir y volver a la escuela y ayudar en los quehaceres, salía después a entrenar? Con razón es el más grande.

Tras indicarnos la ruta, nos despedimos de Zemet y Gubiyé haciéndonos reverencias mutuas y así pude ver sus pies descalzos, duros como la obsidiana. Azuzando al ya cansado jamelgo, seguimos nuestra cabalgada hasta llegar al paraje. De la propiedad de los Gebraselassie ya no queda nada en pie y hace ya algunos años que el patriarca arrendó las tierras a un agricultor joven, que le paga con parte de la cosecha. Me senté a la sombra de la acacia bajo la que se levantaba el amplio tukal familiar y vi, hacia el sur, largos campos de cultivo que descienden mansamente hasta aquel río lejano donde recogían el agua. Di una vuelta por la zona, cogí un puñado de tierra, negra y fértil, pagué al positivo cochero, le pedí que regresara a Assela, me quité las zapatillas y volví a Assela descalzo tratando de seguir la ruta por la que Haile corría unos treinta años atrás

Lo que él hacía con ocho años en poco menos de una hora, yo tardé más de tres porque, aparte de ir despacio, el viento del monte Chilalo soplaba frío y con fuerza, y además, a cada rato me paraba a mirar los animales, los detalles y la gente. Los primeros tres kilómetros de aquel antiguo sendero ascienden con suavidad por un océano verde de trigo, cebada y maíz, mientras arriba, bajo un cielo añil pulido, las águilas y los milanos jugaban con las corrientes con los ojos en la tierra buscando su desayuno de ratones o perdices. Me crucé con un rebaño de cebúes con joroba y grandes cuernos conducidos por un niño sin zapatos. El sol era tan violento que tuve que abrir el paraguas, pero me lo destrozó el viento.

Tras cruzar aquellos campos, la senda se interna por una zona boscosa de acacias africanas, cedros, ficus y eucaliptos que esta llena de animales. Una familia de monos de pelo gris y con caritas simpáticas comía en un árbol del pan y me ignoró totalmente. Justo al lado, posados sobre la copa achatada de una vieja y alta acacia conté hasta doce buitres husmeando en los hilillos del aire un rastro de carne muerta. Vi un gran ibis abisinio, negro como el tizón, cuyo estridente graznido se escuchaba en todo el bosque. Y me paré un buen rato ante una especie de jilguero de pecho amarillo chillón y cabeza negra, cuyo canto me flipó. Después llegó su pareja y empezaron un dueto que pude grabar en el móvil. Lo tengo aún de melodía.

Después atravesé de un salto un arroyo pedregoso de agua clara, clavado en el fondo de una rambla y unas cuatro o cinco lavanderas empezaron a cuchichear, entre risas, al ver lo blanco que era. Me mojé la cabeza y los pies, les guiñe el ojo y llegué a la “carretera” que une Assela con Addis, por llamarla de algún modo porque aquello es una fina lengua de asfalto con los arcenes hundidos y plagada de socavones. La crucé y de repente, el camino se transformó en una cuesta imposible. Ahí me tuve que calzar porque el suelo estaba lleno de unos arbustos pequeños con espinas afiladas y curvadas como agujas de bordar. Tras un kilómetro de dura ascensión con una bonita vista llegue a una amplia meseta. El camino mejoró y otra vez me descalcé. Recorrí otro kilómetro flanqueado por pequeñas propiedades con tukales y casas de adobe delimitadas por cercas. Y de las casas salieron un buen numero de críos que me siguieron un rato todos callados y atentos pues, seguramente, era la primera vez que veían en carne y hueso un hombre con la piel tan desteñida.

Llegué a una verde pradera ondulada plagada de arbustos y matas llenas de flores. Vi unas quince variedades que no había visto nunca. Vi colibríes libando suspendidos en el aire y seguí a un abejorro del tamaño de un pulgar que solamente libaba en azucenas moradas, ¿qué sentido le guiaría para elegir esas flores entre un menú tan variado? Crucé otro bosque de eucaliptos y el sendero se cayó por un barranco de trienta metros de hondo, por el que se precipitaba un río de aguas negras y furiosas. Bajé el camino en zigzag, pasé por un puente hecho con troncos tirados y volví a subir en zigzag. Llegué a las afueras de Assela, a una zona muy poblada y la gente me saludaba riéndose al verme descalzo, la nariz como un tomate y sudando como un pollo. Tras un promontorio pelado, divisé la empalizada trasera de la escuela elemental. Ufff. Un palizón para un crío.

Una semana más tarde fui a visitar la escuela que lleva el nombre de Ayelech. El director me contó que ya muy pocos niños o niñas mayores de ocho años (a partir de esa edad la enseñanza es obligatoria) trabaja en el campo antes de venir a clase; que ya hay muchas escuelas repartidas por todas las zonas rurales y las distancias no suelen ser tan enormes; que ahora las parejas controlan la natalidad y tienen dos, tres, o como mucho cuatro hijos; y que sí, que todavía hay discriminación sexual con los niños y las niñas, pero que se están realizando muchos esfuerzos por parte de las instituciones para corregirlo y que se está mejorando.

Salí al recreo con él. Había unos doscientos niños y niñas entre tres y ocho años, todos con uniforme impecable, sandalias o zapatillas de deporte. Les regalé muchos lápices y dos balones de plástico y ellos me regalaron doscientas sonrisas muy blancas y no me pude marchar hasta que les di la mano a todos. Tardé un rato.

Un día me armé de valor, bajé al final del bulevar y golpeé con los nudillos el portón verde y amarillo de la vivienda del Sr, GebrAsselassie, el padre de la criatura. Me abrió Belaay, su hermano, el noveno, el que va antes que Haile y que no puede negarlo porque tiene la misma cara, estatura y los dos se ríen igual. Me dijo que su padre estaba en Addis y que tardaría semanas en regresar. Una pena porque yo pensaba sermonearle por no haber tenido confianza en su hijo cuando empezaba a correr, y me quedé con las ganas. De todas maneras, no se si me hubiera atrevido. No lo creo. En el pequeño jardín que hay delante de la casa, frente a un par de cafés, hablé un buen rato con Belaay, de aquellos tiempos en Dara, de la granja, la familia y luego me marché de Assela, feliz por habar encontrado lo que había ido a buscar.

   

enlaces de interés:

 http://corredoresetiopes.blogspot.com                                                                                                                                                                                                                                                              www.ethiopianrun.org/

http://www.edelvives.com/literatura/alandar-narrativa-juvenil/1-alandar-12-anos/098-atletas-de-las-tierras-altas-            

2 estaciones: Un cuento oriental

septiembre 7, 2011

 ¿Quién le dictó a Nicholas Schmidle el artículo publicado en El País Semanal 5/9/2011 “La caza del monstruo Bin Laden”? ¿Fue la CIA? o ¿fue la TIA?, porque si lo que pretenden es que nos creamos que así fue como se desarrolló la operación de caza al terrorista mas buscado del planeta, es que son un poco ingenuos. Empieza bien Nicholas describiendo entrenamientos, simulacros y cómo se dio la luz verde a la misión, pero cuando llega a Pakistán el relato se transforma en un completo disparate. ¿Fueron los SEALS, el DEVGRU, los SOCOM o el ISOC los que llevaron a cabo el operativo? ¿O fueron Mortadelo y Filemón con un grupo de amiguetes? porque esa parte de la historia parece sacada de un tebeo de Bruguera. Empecemos: Después de mil ensayos llega el primer helicóptero a la casa de Bin Laden y se estrella en mitad del establo. Mugidos, cacareos y rebuznos de los pobres animales que creen que se viene el mundo encima. La primera en la frente. Tanto entrenar pa ná. Casi se mata el comando, encima se les va la imagen de las cámaras supermodernas y para colmo, con tanto escándalo y descontrol, despiertan a todos los perros.

Todavía, y ya con todo el pueblo sobreaviso, el comando tarda unos minutos en salir de la cabina porque están conmocionados pero logran reaccionar y empiezan a volar puertas. En una encuentran al primer enemigo, que parece sorprendido. pero ¿que hacía para no oír el desastre que estaba ocurriendo en su patio?, ¿dónde estaban los demás? ¿durmiendo la mona? ¿Es que nadie ha escuchado el choque? ¿No saben que les atacan? Sí. Lo saben, pero ni con esas protegen a su jefe o activan el plan de emergencia que puede ser un tonel. Un tonel. No hace falta mucho para tener un escondite tan simple. Si hasta el cuento de “Alí Babá y los cuarenta ladrones” está lleno de toneles que sirven para esconderse. Pero ellos no. Ellos se quedan quietos y se van dejando matar, mientras afuera, el traductor Ahmed calma a la población entre explosiones, resplandores y disparos.

– No. Nada. Es que son los preparativos para la Feria de Abril. Vuélvanse a casa amigos -les dice en perfecto pastún, y los vecinos, que se han caído de un guindo, se quedan tan satisfechos y regresan a la cama mientras Cairo, ese gran perro cuyo nombre también es ficticio, aunque ya todos sabemos cual es su nombre real: Rintíntín, se ocupa de mantener a raya a varias levas de perros hambrientos, que atraídos por el jaleo, han ido a buscar carnaza. Ladridos y voces humanas se suman al repentino jolgorio. Y mientras tanto, en el interior de la casa, más tiros, más explosiones y más gritos de mujeres pero en la guarnición cercana, un moderno cuartel que alberga un centenar de soldados, nadie escucha nada. Ni centinelas, ni imaginaria, ni turno de guardia. Todos sordos. O bien es que están drogados o bien todos ellos pertenecen al IV Regimiento de Ciegos y Sordos del ejército paquistaní, o bien están jugando al “Encharted 3″ en la play, cuya banda sonora original (BSO) confunde a la soldadesca que cree que los bombazos son solo efectos especiales del juego. Pim, pam, boom. Sigue el operativo hasta que por fin sorprenden ¿sorprenden? a Gerónimo con sus esposas y a todos les dan matarile. Por cierto: Gerónimo ¿qué tendrá que ver aquel mítico jefe apache con el autor del mayor atentado de la historia? Pobres apaches. Ya ni respetan sus nombres. Le podían haber apodado Reagan

Y mientras sucede ese gran desbarajuste ¿que pasa en Washington? La foto que encabeza el artículo en la edición de papel ya habla por sí sola. En la sala de Crisis de la Casa Blanca, que parece el camarote de los hermanos Marx, al menos veinte personas se preparan a seguir la operación ¿ultrasecreta? con ánimo diferentes. El presidente de espaldas parece que da explicaciones, tres ponen gesto de sorna, uno con camisa blanca aparece muy serio, pero cuatro no pueden contener la risa seguramente porque el gordo de la derecha, que acaba de mirar su boleto, les está comunicando con expresión de alborozo, que ha sacado cinco aciertos en la bonoloto del jueves. Un disparate.

Por fin y después de mucho sufrimiento los SEALS, el DEVGRU, los SOCOM o el ISOC o quien diablos sea el responsable de esa tremenda chapuza, se llevan el cuerpo de su presa y, tras quedarse sin gasolina en el segundo helicóptero y tener que parar a repostar durante otra media hora en mitad de la región, cuya gente sigue en Babia, regresan a la base sin bajas. Felicidades comando. Un exitazo. Solo que suena a cuento de Sherezade, final feliz incluido pues para dar ejemplo al mundo de lo piadosos que son, los buenos vuelven a sobrevolar el país recién violado, esta vez en diagonal, con el cadáver cargado, contratan a un imán experto, realizan los funerales según ritos del Islam y luego.. a los tiburones, aunque Nicholas dice “al mar”. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. 

¿Qué? ¿cómo te quedas?

Señores de The New Yorker, señor Nicholas Schmidle: quizás variando un poco el tono del relato hubiera resultado un poquito más creíble. Por ejemplo así: “Erase una vez un terrorista tan malo, tan malo, tan malo, que le llamaban “El Monstruo” y que era buscado por todo el mundo por su crueldad y fanatismo. Sucedió un día que…”, pero si se empeñan en mantener ese tono tan solemne, desde aquí les pido un poco de por favor porque, aunque sabemos que allá en los EEUU manipulan a la opinión pública y se las meten dobladas, no se olviden de que acá, en Europa, la mayoría tenemos el graduado escolar.

link al artículo:

http://www.elpais.com/articulo/portada/caza/monstruo/Bin/Laden/elpepusoceps/20110904elpepspor_11/Tes

2 estaciones: Mi querido extraterrestre

agosto 29, 2011

Mi querido extraterrestre

No estoy muerto: estoy congelado, así que, por favor, andate con mucho cuidado en como me manipulás porque si deseás escuchar lo que tengo que decir acerca de este planeta sobre el cual, imagino, acabás de aterrizar, deberás poner mucha atención en el proceso de descongelación ya que un fallo, por pequeño que sea, y se vendría todo al carajo y por ende haría inútil esta forma de inmortalidad que he elegido, tan antipática y dolorosa, como es quedarse pasmao en el fondo de una grieta, al final de este glaciar. Aunque eso de cagarse de frío sin duda vos ya lo debés conocer ya que imagino que utilizás esta técnica, la de la hibernación, para esos largos y tediosos viajes interestelares.

¿Qué? ¿Les gustó la Patagonia? ¿A que es hermosa verdad?. ¿A que no elegí un mal sitio para dejarles la herencia? Lo hice a propósito porque estaba seguro que tarde o temprano vendrían y quería conocerlos. Bueno, pues tras desearles una feliz estancia y darles de corazón la bienvenida a esta Tierra ¿solitaria?, paso directamente a explicar mi situación. De mi aspecto exterior no hagás mucho caso porque, aunque me quedé tieso afeitado, lavado y con ropa de calidad, puede que el tiempo ¿cuanto ha pasado? ¿cien mil años? ¿cien mil siglos? haya hecho que a día de hoy parezca un viejito desharrapado, algo muy lejos de mi primera intención. Además este detalle no tendrá mucha importancia pues si hacés bien el laburo, prometo que en cuanto me licuen, me aseo, me afeito y me pongo ropa limpia aunque sea una de esas escafrandas futuristas que tan de moda deben estar en esa lejana galaxia de donde vos procedés.

Y una vez limpio y arreglao ya verás que porte tengo, un dandi, que decían las minas, y no una, sino varias con las que alterné, pero cuyos nombres prefiero mantener en el más estricto anonimato porque algunas estaban casadas.

- Ay pillín -dirás a tus raros compañeros – hemos encontrado un canalla. Pero no: nada más lejos de la realidad, al contrario: soy, era, una persona honrada y trabajadora, aunque no perfecta, porque en este planeta los hombres teníamos un defecto que se llama sexo y por el cual traicionábamos hasta a nuestro mejor amigo. Pero eso son solo boludeces comparado con el grueso del relato cuyas líneas principales están contenidas en un cuadradito plano que llamábamos disquete (imagino que obsoleto ya en tu tiempo) y que podrás encontrar en el bolsillo derecho superior de esta parka tan elegante que me puse para suspenderme en el tiempo. Lo que hay antes del disquete se llama cremallera y sirve para acceder al bolsillo, y si querés que funcione debés hacer lo siguiente: aplicar calor y luego descorrerla suavemente hacia la derecha hasta dejar hueco suficiente para que tus dedos, garras, pezuñas o lo que tengas por articulación, lo puedan extraer sin problemas. Ahí está todo escrito, porque lo de esta nota manuscrita que tengo entre mis manos heladas es tan solo un pequeño manual de instrucciones que, supongo, entenderás sin problemas con ese traductor sideral que llevás incrustado en el pensamiento o lo que tengás por órgano motor de vida. Aquí teníamos la wikipedia, pero de eso ya hace tanto tiempo, querido amigo.

Este formato que ves y que hice enmarcar en el vidrio para evitar la erosión del hielo eterno se llama DIN A4. “Tamaño folio”, le llamábamos familiarmente nosotros y aunque no da espacio para mucho al menos me cabe para explicar las instrucciones de uso. El resto está en el disquete, así que no os lo perdáis porque su contenido es una “bomba informativa”, que nada tiene que ver con ese primitivo instrumento explosivo que se usaba en nuestra época para matarnos entre nosotros. Me refiero a que se van a sorprender con lo que les dejé grabado, así que buena suerte y recuerda: cremallera, calor, suave movimiento hacia la derecha y ahí agarrás el tesoro. Y con respecto a mi, ya sabés: despacito y sin romperme. Ya verás como cuando esté descongelado la pasaremos rebueno. Y mientras tanto, un saludo


7 estaciones: Carta al diablo

agosto 9, 2011

Querido Lucifer:

          Imagino que esta será la primera carta que recibes desde el Paraíso, pero poderosas razones me obligan a dirigirme a ti solicitando ayuda urgente, aunque yo, como supondrás, no la merezca en absoluto por haber actuado a lo largo de toda mi eterna existencia con la rectitud y el cuidado que corresponde a los ángeles de la guarda de mí categoría.

          La culpa de que actúe de esta manera la tiene mi último protegido, el mismo que me ha hecho odiar la custodia de los hombres y que dentro de medio minuto se va a estrellar contra aquellas rocas de allí abajo, hacerse trizas los huesos y dejar en libertad La Esencia de lo que Fue, la cual saldrá irremediablemente disparada hacia Tu Reino, donde yo espero estar, gracias a tu magnánima benevolencia !Oh Príncipe de las Tinieblas! para presenciar su llegada y en cuanto pueda, vengarme.

         Pero, para que no pienses que soy un traidor o un infiltrado, ni que exagero, permíteme abusar de tu valioso tiempo y relatarte los antecedentes y los motivos que me hacen renegar de El Cielo y solicitar el ingreso en el Averno en calidad de Responsable del Fuego Eterno en una de tus calderas. Estos son los hechos:

         Desde que la especie humana apareció sobre la Tierra, yo siempre me ocupé de ellos y lo hice con ilusión, ganas y sin regatear el mas mínimo esfuerzo para procurarles una existencia mas agradable. Pero a medida que la especie crecía y se multiplicaba, la vida sobre la Tierra resultaba cada día más dura y difícil. Nosotros, como tu bien sabes Terrible Belcebú, al ser espíritus puros y no tener necesidades materiales ni de espacio vital, podemos crecer en número tanto como queramos. Pero ellos no. Y lo hicieron de una manera tan improvisada y chapucera que ahora, en los inicios de lo que ellos denominan en su cronología el siglo XXI, no son capaces ni de alimentarse a si mismos. Y como el mundo se ha vuelto injusto y violento, los seres humanos son cada vez más rebeldes e impredecibles y nuestro trabajo se ha ido convirtiendo con el paso del tiempo en labor de mercenarios.

          Por aquella época y, tras haber velado sin descanso a más de diez mil generaciones de humanos, yo venía de hacerme cargo de una justa y heroica mujer llamada Dolores que vivió muchos años entregada a defender la noble causa de la libertad. Ella me dio tantas satisfacciones que yo puse el mejor de mis empeños para proteger su menudo cuerpo de los numerosos enemigos que se creó a lo largo de una existencia tan bella como fructífera. Al final murió en olor de multitudes y yo recibí otra felicitación de la Alta Jerarquía por haber cumplido mi cometido con tan buena disposición. Incluso mencionaron la posibilidad de ascenderme a Potestad si demostraba mi valía durante la próxima custodia. Y si quieres que te sea sincero, Horrendo Demonio, creo que merecía ese ascenso.

          Pero entonces me alcanzó la desgracia. Alguna vez me tenía que tocar. Entre millones de individuos, siempre tiene que haber alguno que se te atraviesa, y ese nefasto día los Dados de la Fortuna cayeron descompensados. Como premio, me tocó la guarda de este abominable ser (del que te contaré algunas anécdotas para que aprecies lo justo de mí petición) que ha arruinado mí vocación, ha frustrado mi ascenso y ha conseguido que mí único deseo en estos momentos sea poder vengarme de la persona que ahora me hace cambiar este oficio de ángel bueno por el de Legionario del Mal.

         El niño nació rollizo, grande y avispado. Demasiado avispado. Yo pasaba muchas horas velando sus sueños mientras jugaba al Juego de los Enigmas con unos compañeros que custodiaban almas cercanas. Pero aquello pronto pasó a la historia. Menosprecie su fuerza y una noche, creyéndolo dormido, un aullido me traspasó el aura. Fue su primera muestra del barbarismo que sería con el paso de los años, la justa definición de su manera de ser: se había tirado de la cuna. ¡Que es como si un adulto se tirara de un primer piso!

          Aquella vez no pasó nada y desde luego no fue gracias a mí, pero el accidente fue suficiente para que yo me quedara con la mosca detrás de la oreja y no tuve mas remedio que reforzar mí guardia. Pero de nada sirvió. El niño, aún estando tranquilo demostró ser un peligro.

          La segunda desgracia llego a los cuatro años: Le creí a salvo sentado sobre una mecedora de mimbre cuyo vaivén provocaba una somnolencia inmediata. No reparé en la ventana abierta con la hoja demasiado cerca del sillón y, contagiado por el apacible bamboleo del niño, bajé la guardia una décima de segundo. Suficiente. En esa misma décima de segundo se levantó, apoyo su pecho contra el respaldo de la butaca y comenzó un violento balanceo que a la tercera oscilación hizo volcar la mecedora describiendo un perfecto arco hacía atrás con su cabeza sobresaliendo por encima del respaldo. Demasiado tarde: yo ya no podía evitar que su frente rompiera el suelo. Entonces reparé en la abierta ventana. Vi el fílo de la hoja que se iba a cruzar en la trayectoria del cráneo y tuve el tiempo justo de, con mis alas, provocar un soplo de aire que movió la hoja lo suficiente para que la brecha de tres centímetros que se hizo desde el frontal a la fontanella sólo afectase a la parte exterior del hueso.

         Aun así creí que no saldría de aquella, pero la rápida intervención de sus padres, el cirujano que le juntó la caja craneal con diez puntos y que los niños a esa edad parecen estar hechos de caucho, al cabo de cinco días el chico galopaba por los campos de amapolas con la felicidad instalada en su pecho y la cabeza vendada.

         Tardó muy poco en repetir una escena de las suyas. Sólo una semana más tarde, en una de esas alocadas carreras campestres enfíló hacía una invisible cuerda de tender medio caída. Rápidamente calculé las alturas y vi que el nylon infanticida cruzaba justo la trayectoria del pequeño cuello. Y le vi sin yugular. Como una flecha volé hasta debajo de la cuerda y de nuevo con mis alas salvadoras, agite el aire la justo para que, en vez de cercenarse el cuello, solo le marcara la frente, dejándole una cicatriz que hoy, día de su tan deseada muerte, todavía se nota. Resultó ser un corte sin consecuencias pero a mi casi me da un ataque al corazón. Y eso que no tengo.

           Fue a raíz de aquel susto cuando tuve claro que este nuevo protegido me iba a llevar trabajo y me preparé a fondo reuniendo todos los trucos aprendidos a lo largo de tantas generaciones guardando seres humanos: aires extraños que asustan a los animales, siseos que paralizan, vibraciones anómalas y todo cuanto podía ser útil para salvar una vida en un momento crítico.

           Ese mismo día me juré no perderle de vista ni un instante, y aunque desde entonces nunca volví a dormitar, ni a jugar con otras almas, ni a descuidarme un segundo. él siempre se las arregló para encontrar la manera de hacerme sufrir durante los veinte largos años que ha durado esa vida que, afortunadamente para mí, (que no para ti Almirante del Fuego porque mas de una perrada te hará) va a acabar dentro de quince segundos incrustada contra el risco.

           Pero déjame, Oh Gran Maldito, seguir narrando las canalladas de mi cliente. Desde el episodio de la cuerda pasé unos cuantos años tranquilo. Justo hasta su segundo de lo que ellos llaman de la ESO, cuando me la volvió a jugar bien jugada. Allí, como era innato en él, se juntó con la gente de peor calaña de la clase y a mediados de curso ya se sabían todos los trucos para escapar. Pero aquel curso presentaba un problema adicional: su clase estaba en el tercer piso. Hasta que una tarde de mayo descubrieron lo que yo no quería que descubriesen: el canalón. Esa tarde todas las puertas de acceso al colegio estaban cerradas y los angelitos decidieron probar una nueva vía de escape bajando por un sucio y rancio canalón que conducía el agua de lluvia desde el tejado hasta el suelo. Y aprovechando el cambio de hora se escaparon tres valientes. Con el peso del primer fugado oí los primeros crujidos de la chapa. Con el segundo ya vi que las abrazaderas que sujetan el caño a la piedra comenzaban a ceder a la altura del segundo piso. Y por último le llegó el turno a mí héroe. Le vi salir por la ventana, agarrarse al tubo y empezar una especie de rapel que pronto se convirtió en caída libre. Y es que, al pasar por la segunda planta, las endebles sujeciones saltaron, los tubos se desengancharon y el mocito se vino al suelo. Yo, para salvarle, improvisé una vibración tan horripilante que un cuervo que había sobre el tejado soltó un graznido tan agudo y desagradable que hizo que los compañeros de fuga miraran instintivamente hacia arriba, encontrándose con mi niño cayendo hacia ellos enganchado a un pedazo de tubería. Por suerte, reaccionaron a tiempo, alargaron los brazos y, entre los dos, lo pararon. Con escasas esperanzas de encontrarlo entero bajé enseguida para ver los resultados de la catástrofe y, me sentí aliviado cuando los tres se levantaron, se sacudieron las ropas y echaron a correr hacia la puerta observados por todo el colegio que se había quedado petrificado con el estruendo de la hojalata y el chirriante graznido del cuervo.

           No se cuanto tiempo le castigaron, pero yo tardé mucho en recuperarme. Creo que fue entonces cuando tuve los primeros síntomas de cansancio. Hice un repaso de mi vida y me di cuenta de que no descansaba desde hacia siglos y de que ya era hora de tomarme unas vacaciones. Pero pensando en el ascenso prometido y en que una sola existencia no podía nublar tantos miles de éxitos decidí continuar ¿con entusiasmo? mi labor.

          Y tan solo seis meses más tarde me volvió a poner a prueba. Una aburrida tarde de verano se encontraron en el monte cinco compañeros. Hartos de rutina vacacional se les ocurrió inventar un nuevo deporte. ¿Y quién crees que tuvo la brillante idea?. Pues, cómo no mi custodiado. Genial. Cuando lo oí, casi me convierto en sal. Su primer deporte: cazar víboras Rusell, esa cuya mordedura te mata en cinco minutos, a manos desnudas. Eso no lo hacían ni los hombres de Neanderthal, Ya ves, Mi Gran Amigo Satán: el mundo avanza hacía atrás. Resignado, les seguí hasta un pedregal y, cuando uno de ellos localizó la serpiente, se echaron a suertes los turnos y ¿a quien crees que le tocó le primero?. Imagínatelo. Yo cuando vi la víbora me dio el síncope: una hembra a punto de parir. Lo peor. Si le mordía le dejaba en el sitio. Pero, ignorante de esas cuestiones biológicas, mi protegido apartó la piedra y alargó la mano con los ojos puestos en los de la serpiente que le estaba advirtiendo con una mirada asesina: “Como te sigas acercando te vas a llevar un susto” ¡Y vaya que si se lo llevó! Le tiró un bocado con tanta mala saña que si le agarra le deja rígido. Pero mi protegido, aconsejado por el terror, retiró la mano justo a tiempo. ¿Y que te crees que hizo después?, Complaciente Belcebú. Pues volver a intentarlo. Pero como mi paciencia tiene un límite y no estaba de humor para seguir haciendo el tonto, decidí acabar con el juego antes de que el juego acabase conmigo. En el momento que volvía a acercarse al animal, electricé el aire de tal manera que este hinchó la cabeza y lanzó un siseó tan espeluznante que los cinco muchachos salieron corriendo cabalgando sobre el miedo. Y así terminó aquella tarde de lo que ellos llaman “diversión”

            Después hubo un corto período de calma, justo hasta el día en que le regalaron su primera bicicleta. Hizo creer a su familia que le había gustado mucho, pero esa misma noche, para festejar su cumple, la aparcó en el garaje y le quitó el coche a su padre. ¡Qué valor, Condenado Lucifer, que valor! Junto con sus secuaces recorrió la ciudad, él llevando el volante, y los demás con las birras. Yo, aquella noche la vi venir porque a las dos horas ya iban haciendo eses por una carretera comarcal hasta que los localizó la policía como cubas. En cuanto el chico oyó la sirena apretó a fondo el acelerador pero con el pedal que llevaba mi protegido solo pudo controlar el coche en las tres primeras curvas. En ese tramo pensé que era yo, y no él, el que necesitaba protección. A la cuarta se fue directo al barranco. Voló diez metros durante los cuales yo tuve que improvisar una solución de urgencia: formé un remolino de aire que succionó a mí socio del asiento y le sacó tres metros antes de que el coche se partiese en dos y explotase el depósito. Todos sus amigos murieron, pero su parte facultativo no fue tan malo: una clavícula y varias costillas rotas. Nada en comparación conmigo que tenía fracturada la ilusión.

         Y después de aquello ¿crees que se le pasó el mal bajío?. ¡Pues no Oh Sponsor del Apocalipsis!. Todo lo contrario: empeoró bastante.

         Un año mas tarde, a los catorce, la edad en que a casi todos los humanos se les revolucionan las neuronas, le dio por una compañera de clase y la volvió a pifiar. Y es que le dio tan fuerte que seis semanas más tarde ya estaban planeando fugarse de casa para disfrutar de una feliz y eterna vida juntos. Y vaya si lo hicieron. Prepararon una fuga tan perfecta y meticulosa que hasta yo, Oscuro Mefistófeles, que nunca he perdido un cliente de vista a lo largo de todas mis guardias, les perdí la pista. Yo creo que me drogó. ¿Cómo lo harían? ¿Dónde se escondieron?. ¿Por qué no salían?. Estuve tres días enteros, tres, sin saber nada de él. Ni el mas mínimo trazo del ser al que, supuestamente yo debía controlar noche y día, ¿Con qué cara me iba yo presentar ante las Altas Jerarquías para contarles que había perdido mi cuerpo?. Registré miles de sótanos, husmeé en cuevas, barrí los montes, vigilé las riberas. Nada. Como si se los hubiera tragado la tierra. Al segundo día sus padres avisaron a la policía y esa misma noche salieron las primeras patrullas a rastrear el monte, búsqueda inútil porque ya lo había rastreado yo y allí no estaban. La mañana del tercer día yo tenía una depresión tan grande que casi me disipo. Entonces los vi aparecer por el fondo del camino, hambrientos y sonrientes.

            Creo que fue ese día cuando el muchacho empezó a caerme mal. Pensé que a lo mejor no le gustaba mi presencia y quería quitarme de en medio. Pero, ¡cómo cambian las tornas, Divino Jezabel! porque dentro de diez segundos voy a ser yo quien recoja la Esencia de su Ser (sí es que la tiene) de esa roca puntiaguda hacía la que se acerca en caída libre, y la lleve al lugar que se merece para mostrarle lo que tengo pensado hacer con ella.

         Te sigo contando para que veas que no es mera invención mía: A los diecisiete un anuncio en el periódico y una visita a la Federación le bastaron para meterse una nueva afición en la sangre: la espeleología. Conociendo su carácter intuí lo peor y no me defraudó. En la cuarta cueva que se metió oyó el cantarín de un arroyo subterráneo que no aparecía en los mapas y guiado por ese instinto de loco descubridor, se separó del grupo sin decírselo a nadie. Entró por una chimenea descendente que a los diez metros se convirtió en barrizal. Y resbaló. El muchacho intentó asirse a los salientes pero el barro le hizo deslizarse hacía el agua y la corriente lo arrastró. A mi no me gusta el agua porque no me muevo a gusto, pero tuve que tirarme detrás para no perderle de vista. ¡Y joder que fría estaba! Según bajaba hacia el centro de la tierra, el río subterráneo estrechaba sus paredes y aumentaba su fuerza hasta al final desaparecer por un pasadizo. Y así, sin saber cómo, me vi ahogándome (y eso que no respiro) junto a mi socio en medio de un angosto túnel arrastrados por una turbulenta corriente de agua helada y lodo asqueroso. Y yo tiritando. Y eso que no conozco el frío. Vi al muchacho boqueando entre aquellas paredes sin saber si iba a volver a respirar. Le vi de todos los colores y aunque al cabo de unos segundos, vi luz al final del túnel, le dejé sufrir un poco más para que se le quitase de una vez por todas ese amor por las burradas. El pasadizo terminó en una peuqeña cascada al aire libre donde pudo respirar y esperar al equipo de rescate. Y fue allí, viendo como salía de la poza envuelto en mantas y arrullado por bomberos y enfermeros, cuando empecé a tramar mí venganza que, gracias a Ti, Gran Rey del Odio, si me aceptas en tus filas, podré llevar a efecto dentro de cinco segundos, cuando se de el castañazo.

          La penúltima jugada me la hizo durante el viajecito a Kenia. A su madre le tocó en el Banco un safari fotográfico para dos personas y como a su marido le daba miedo el avión se llevó al perdulario de su hijo. Los instalaron en una confortable cabaña en mitad de la sabana desde cuya terraza se veía abrevar en una poza cercana a la cebra, al ñú, la gacela y los elefantes y donde, al amanecer, pájaros multicolores venían a comer alrededor de las mesas. ¡Qué estampa tan bucólica!. Era tanta la paz que ya pensé que, por una vez en la vida, no tendría que emplearme a fondo, pero ¡cuán equivocado estaba! pues mi chico se enamoró de la estampa de los elefantes y le dio por hacerse una foto cerca de ellos. Y mira que yo conozco al elefante y sé que no le gusta que le molesten. Pero eso lo sabía yo y no él. Así que el segundo atardecer sale solo al abierto, cámara en ristre, y se encamina hacía una tranquila manada que pastaba en la pradera. A los cien metros los machos le olisquean. Pero mi niño, sigue. Pone la cámara encima de una roca con el disparador retardado y se acerca al grupo. Yo, al ver encabritarse al mas grande bicho que hay sobre este planeta de locos, mirarle fijamente y salir andando hacia el visitante con aire de pocos amigos, casi me da un ataque de nervios. Y eso que yo no se lo que son. Tuve que pensar rápido porque el bruto se acercaba y mi perverso protegido no se echaba para atrás. Yo pensaba en que foto más bonita iba a salir mientras el mastodonte le pasaba por encima. Pero cuando le faltaban cincuenta metros, mí chico se volvió y empezó a correr como nunca he visto hacerlo a un humano. Era un buen intento sino fuera porque ya la distancia era muy corta y no tenía salvación así que volando a toda castaña, me adelanté al animal, localicé una rama caída, hice pasar hilos de aire a través de sus fibras y de aquella madera emergió un silbido tan parecido al que emiten las mambas negras cuando están rabiosas, que el elefante, que tiene pánico a esa serpiente, se paró en seco, dio dos pisotones que hicieron temblar Africa y regresó con los suyos.

           Pero… ¿ y si no se hubiera asustado y le hubiese aplastado? Pues sí quieres que te diga la verdad, ¡Oh Injusto Satanás!, me hubiera alegrado. Volviendo hacia la cabaña tuve el presentimiento de que no le quedaban muchos años de vida y fue entonces cuando decidí desertar de mi eterna profesión. Este tipo de servicios no valía la pena volver a sufrirlos así que le di los últimos retoques a mí venganza y me senté a esperar.

           A los veinte años le llegó su hora. Al menos esos es lo que parece a tenor de que sólo le quedan cien metros para hacerse polvo contra las rocas. Le gustó tanto lo de viajar en avión que a la primera oportunidad se matriculó en un cursillo de vuelo sin motor. Hizo dos o tres vuelos acompañado de un monitor, pero como tenía tantas ganas de volar solo, falsificó la cartilla con el número de horas, se fue a otro aeroclub y alquiló un planeador. Subió a 5.000 metros, se soltó de la nodriza y a decir verdad, Oh Maestro de la Venganza, al principio no lo hizo mal. Incluso llegué a creer que aterrizaría sin novedad. Pero no. A la media hora le agarró un remolino de cola que le puso el planeador boca abajo. El intentó dominarlo pero al verse ya cerca del suelo, abrió la capota y saltó creyendo que el paracaídas le salvaría. ¿Cómo le iba a salvar si no sabía ni abrocharselo!. Y efectivamente, el paracaídas salió por un lado y él por otro directo al suelo y ¡ahí le tienes! Oh, Magnífico Creador del Cáncer, directo hacía esas rocas donde se va a partir en diez mil trocitos dentro de dos segundos, a menos de que tu tengas especial interés en salvarle la vida, porque lo que es yo, no pienso mover un dedo.

           Como supondrás, Maestro de las Represalias, un personaje de tal calaña no puede acceder al Paraíso, donde nada más entrar sembraría el caos y la desolación y como yo no voy a tener la oportunidad de aterrorizarle en los Cielos, me encamino a tus dominios rogándote, Tormento de los Tormentos, que me des el trabajo para que, cuando este muchacho entre en el Averno, rnírale, ahí llega! para desgracia de Ti y de los tuyos, yo sea el encargado permanente de avivar las ascuas que mantendrán hirviendo el agua de la caldera en la que se asará el resto de la Eternidad.

FIN

1 estación: Las líneas de Nasca. Perú. Un misterio desvelado.

febrero 24, 2010

- Nika-án ¿quieres hacer el favor de dejar las piedritas nomás y conseguirte un trabajo serio de una vez? que como sigas así nada conseguirás en tu vida.

- Pero mamita ¿qué de malo tiene este trabajo? Además ahorita no puedo dejarlo pues estoy terminando la última pata de la araña y me está quedando requetebonita.

- Ya. Y después de la araña vendra el mono, y después vendrá un lagarto y después que sé yo, cualquier vaina… y así llevas ya quince años con piedritas y surquitos, así que dime pues… ¿de qué comerán tus hijos?

- Pues ¿de qué va ser? mamita… de mi arte, que no usted imagina como me quedaron el cóndor, el perro y la ballena. Preciosidades nomás. Y bien grandes que las hice. Pero como usted no quiere venir nunca a verlas, no puede saber lo lindas que lucen.

- Eso es lo malo mijito, que de tan grandes que las hiciste nadie las puede ver. Solo subiendo al cerro se pueden ver tus figuritas y ¿quién va a subir a ese cerro? Un día entero necesitas. Y bien de calor que hace allí.

- No importa mamita, no importa. Ya vendrán. Y cuando vengan les pediré maiz, huarango o lúcuma. Y me lo darán, ya verá, de tanto que les van a gustar mis figuritas.

- ¿Vendrán? ¿Y cuándo? Yo en los ultimos diez años no vi a nadie que subió. Y mira tu esposa. Todo el día en la chacra sacando la papa y el camote para que puedan comer algo. Y tu nunca vas a ayudarla.

- A veces voy, pero tengo que vigilar la llanura por si vienen visitantes y completar mis cuadritos. Llegarán. Quizás tarden unos años pero llegarán, ya verá, y entonces seré reconocido y el Gran Curaca que me colmará de oro, y de plata, y de regalos. Y Ayahab ya no tendrá que ir mas a la chacra. Y los niños crecerán sanos y fuertes y así podrán continuar mi gran obra.

- ¿Queeeeeé…? ¿A tus hijos también piensas ponerles a hacer dibujitos en la tierra? Nika-án, ¿de donde salió tu locura? Ni tu padre ni yo te la enseñamos. Dime mijito de dónde.

- Son los sueños mamita. En mis sueños dibujo animales en la tierra y veo personas vestidas extrañas que vienen a verlas desde la otra orilla del mundo. Y pájaros platiados que llevan gente en su vientre y vuelan sobre las líneas. Y también se me aparece una viejita de pelo blanco que las cuida y regaña a los que pisan la tierra. Y todos admiran mi obra.

- ¡Pájaros platiados, viejitas de pelo blanco! Cojudeces. mijito, cojudeces, y ahora vete a traerme agua del río. Al menos haz algo útil en la vida. Este hijo mío….

- Voy al toque, mamita. Y al mono, que será lo siguiente que dibuje, le voy a pintar una cola ridondiada y bieeeen larga. Este sí le gustará, ya verá. Voy por agua.

4 estaciones: La boda milagrosa

febrero 3, 2010

“¡Qué manera de arrancar! ¡Qué fogosidad!  Muchacho, tampoco es como para ponerse así. Solo por que te han dicho que vamos con la hora un poco justa. Caramba… ¿no te das cuenta que casi te llevas por delante los setos de la entrada de tu casa?. ¡Esto no son maneras de circular por la urbanización!: te puede salir un niño en bici detrás de cualquier esquina y te lo cargas. Y recuerda que me tienes que dejar en la puerta de la iglesia dentro de quince minutos tal y como estoy ahora: recién salido de la tintorería.

- ¡Ah, nooooo!: el stop de salida a la comarcal me lo respetas.Vas demasiado deprisa, amigo, vasdemasiadodeprisaaaa.

“A este le repantonfinfla que esa señal este hecha para que, al verla, uno pare el coche, mire a derecha e izquierda y, si no viene nadie, siga. Para este, como si el poste fuese transparente.  Mira que si también es ciego”

- Chico: ¡que hay un stop!

“Nada ni caso. Como frene ahora salgo disparado por el parabrisas, así que yo cierro los ojos y que se lo salte. El Destino tiene la última palabra.

“¡Se lo saltó!. ¡Se lo saltó el inconsciente!.  Y como ha entrado en la curva. Ufff, nadie a la vista. Menos mal. Dios mío ¿pero donde me he metido? ¿Qué intenta este hombre? ¿Por qué corre tanto?. Creo que va a ser cuestión de ir poniéndose el cinturón por sí acaso. Además, conozco bien esta carretera y, ni el estado del firme, ni el diseño de las curvas son un ejemplo a seguir por las generaciones venideras de ingenieros. Ya está, Ajustado. Espero que no se me arrugue este bonito smokin, tan reluciente y planchado.

- Hombre, no vayas así, A cien no son formas de ir por una carretera de tercer orden.  Fíjate en esa señal de curva a la izquierda con recomendación de tomarla a cuarenta. !A cuarenta! ¡No a noventa!. Como chirría esto.. Primo: si me vas a llevar así los tres kilómetros que quedan hasta la parroquia, prefiero apearme en el siguiente tramo.

“Debí haber sospechado de Angela cuando puso esa cara de compasión al pedirme que me fuera con este kamikaze. Jamás vuelvo a hacerle un favor. Ya me lo puede pedir llorando que yo ni caso.  Me dice, con ojos lastimeros que en un día tan especial yo debería hacer una buena obra y dejar que me llevase a la iglesia su hermano el sordomudo, que siempre se queja de que está muy solo y que su familia le tiene un poco abandonado. Abandonado dice: con esta manera de conducir lo que me extraña es que todavía le den de comer.

“Otra curvita.  Y éste no levanta el pie.  !La madre que lo parió: se ha llevado un trozo de tela metálica con el parachoques y ni se ha enterado¡. ¡Y ahora llega el puente!.  Míralo allí abajo: tan arqueado, tan romano. Pues nosotros, a este paso, lo vamos a atravesar volando, ¡No lo podían haber hecho más ancho estos sabios pontoneros romanos. Yo me agarro al asiento y que sea lo que Dios quiera.

- Dios mío: !no se ha dejado los laterales en las piedras!. ¡Nos hemos salvado!. Y él tan campante, como si fuera tan natural pasar rozando los abismos. Desde luego el muchacho está hecho de fibra óptica.

-¿Qué es esto que me cuelga?. Andá: si se me ha descosido la manga por agarrarme tan fuerte. Maldita sea

“Hombre: una recta. Voy a aprovechar para intentar convencerle por señas de que vaya más despacio. ¡Aguanta! Ha metido la quinta.  No sé que es peor; si tomar una curva de cuarenta, a noventa, o viajar por este recta a la velocidad de la luz. Ya sé lo que es mejor: bajarme. Bajarme de aquí cuanto antes… aunque tenga que ir andando yo sé que Susana me espera.”

- ¡Ya vale animal! Ya veo que tu coche corre mucho, pero ahora reduces y tornas la curva del final corno mandan las leyes del universo. ¿No ves que hay una acequia a la derecha?. Como se te vaya un poco el coche te cargas los ejes y au revoire a mi smokin. Ni acequia, ni curva, ni nada. ¡Será asesino! ¿Cómo estará vivo este hombre todavía?. Su ángel de la guarda debe ser un boina verde. ¡Eres un as primo sordomudo!. Un as… pero por favor…déjame bajar de aquí antes de que te lleves por delante aquella tapia o ese mojón que señala los dos kilómetros que me quedan todavía de calvario.

“Tengo que intentar relajarme un poco. En cuanto se me desagarroten las manos le hago comprender por gestos que vamos bien de tiempo y no hay necesidad de batir récords”

¡Jóoooooder: un pastor!. Y donde hay pastor hay ovejas. ¿No te lo digo? ¡Oh, que bellos corderitos trotando por el asfalto! y que poquitos van a quedar con vida cuando pase su ángel exterminador, que esta sentado a mi izquierda y no deja de acelerar. Yo me tapo los ojos”

- ¡Ha pasado! Y no he visto corderitos volando, ¿Cómo lo habrá hecho?. Y este obseso continua sin frenar. A él solo le para una guadaña. !Vaya!: se estrecha mas la carretera ¿porqué pondrán los árboles tan cerca?.          – Primoooo, como derrapemos a esta velocidad nos vamos a convertir en puré de encinas, ¡Atiza, un coche de frente’

- ¡Eh, José! : (siempre se me olvida que no oye nada. Y si le doy un puñetazo, que no será por falta de ganas, descontrola y no me caso) ¡Déjale pasar!, déjale por lo menos su carril que se va tener que comer los arbustos, Tampoco tanto hombre. Tampoco hay que ir con las ruedas de mi lado sobre las piedras a esta velocidad. Entra, animal, entra que te cepillas la amortiguación.

“¡Pasó!, ¡a dos milímetros del espejo del otro pero pasó! No vuelvo la cara porque tengo el cuello rígido, pero imagino que después de cruzarse con Landrú, el del otro coche ha debido pararse a vomitar.

A ver que cara tengo en el espejo…¡Ostras que pelos de loco!. No me extraña, si voy dando con la cabeza contra el techo. Esto parece los caballitos: de tanto arriba, abajo, arriba, ya no sé ni donde tengo el estómago. Y sí mal no recuerdo ahora viene el portachuelo con unas curvas de infierno. !Chico! que así no se toman las curvas y menos entre pinos. Derecha … izquierda… derecha, parezco un tentempié con resaca, ¡Ay si pudiera híbernarme ahora! ¡Vírgencita, que nos encontremos un camión delante de esos grandotes, enormes, que ocupan toda la calzada y que suben a cuarenta!.

Milagro… sin novedad en el portachuelo. Ahora un segundo de respiro en esta subida antes de entrar al túnel.  Me imagino que pondrá las luces y verá que solo cabe un coche. ¡Venga hombre pon las luces y reduce para ver si viene alguien!. ¡No me gusta esta oscuridad!. ¡A oscuras!. ¡Lo pasa a oscuras!; le trae sin cuidado su vida y la de los demás. Ni se ha molestado en dar una ráfaga. Menos mal que era corto. Ya no se donde agarrarme para que no se abra  más el descosido. Este mostrenco debe creer  que sí no me hace llegar a tiempo a la iglesia, Susana no se casa conmigo y, a él, lo destierran.

- !Eh, tranquilo, Terminator, tranquilo! que aunque  llegue un poco tarde mi novia prefiere que llegue con vida. ¡Que frenes un poco, especie de alacrán con carnet, aunque frenar vaya contra tus principios!

- ¡El bache, mira el bache!. Agujero, desastre. Ocupa media carretera, ¡Ay mi cuello!.  No frenes así que casi me descoyuntas. Lo está atravesando despacio, !Que imprevisible eres colega!.

“Ahora es la mía:

- ¡Oye, mírame

“¡Anda, sí no puedo mover las manos, sí tengo los músculos agarrotados por el pánico! Y este vuelve a coger velocidad. La única oportunidad que tenía para suplicarle tranquilidad y me quedo inmóvil, ¿Que hace aquel peatón?. ¿No estará haciendo autostop?.  Ese no sabrá nunca de lo que se ha librado si este Atila moderno no le sube al coche…. De todas maneras convendría que se alejase un poco más de la calzada no le fuera a sesgar el brazo.

- ¡Ehhh… tú. Valiente! ¡Aléjate! ¡fuera! que este es capaz de llevarse tu brazo pegado al parabrisas a mi boda.

“ Deberían avisar a la gente de la región cuando este cafre sale a carretera. Horror: ¿qué hace mi pierna encima del salpicadero?”

-¡Leches: si se me ha abierto el pantalón por detrás! ¿Y ahora cómo me presento yo ante mi amor con el traje destrozado? ¡Qué acabe pronto esto, por favor, que acabe pronto!

- Jamás podré olvidarte compañero. ¡jamás!.  Has conseguido un sillón vitalicio en el fondo de mi memoria.

“ Ahí está; la señal del pueblo a un kilómetro.  Esta sí la ha tenido que ver y tal vez comience a aminorar. Ojalá le vea algún conocido circular a esta marcha y de la voz de alarma para que le quiten el coche, el carné y, ya de paso, el saludo.

Milagrosa e inexplicablemente voy a llegar entero. Necesito ir adecentándome aprovechando que me estoy acostumbrando a su manera de conducir a lo Gengis-Khan y ya no me afecta en absoluto que tome las curvas al doble de lo recomendado, se ría de los cambios de rasante, desafíe las leyes de la adherencia y exhiba, con absoluta indecencia, una total falta de respeto por la vida”

- ¡Susana no te impacientes!, que sólo quedan quinientos metros  para recogerte y llevarte al altar… aunque voy a llegar con la manga rota, la camisa empapada, el pantalón rajado, el pelo enmarañado, el cuello dolorido, el gesto desencajado y la tez del color de la luna llena!.

“¡Allí esta el campanario!.  Nos queda la bajada. Luego entramos al pueblo y se acabó el suplicio. Primo: ¿ no ves en aquel cartel de “Bienvenidos a …….”?. Quiere decir que es una zona donde vive gente.  ¿Has visto cómo le has pasado a esa moto? ¡Déjalos vivir, por favor, que son jóvenes!. Y como entres a esta leche, te van a apedrear. ¿Quieres hacer el favor de tomar esta última curva por tu lado?. Hazlo por ella, hazlo por mi. Déjame casarme con esa preciosidad de mujer aunque tenga que hacerlo con esta expresión de terror.

“ Nada. No tiene sentimientos, Es como un robot: le da una orden su prima y arrasa medio mundo para cumplirla. Ahora el cruce.

- Para por favor y asoma el morro primero no venga algún aldeano le quites la cara. ¡Que forma de pasar un cruce! ¡qué original es este primo!, ¡Mira abajo, al asfalto!: tachuelas. Pásalas despacio que partes el chasis.  Mi cabeza ¡Acabas de cargarte la suspensión trasera!.

“Que manía tengo de hablarle. No me entra en la cabeza que no entiende, que no oye, que es como un muro de hormigón,

- Mira tío: esto es lo último que te voy a decir en mí vida, y me da igual que lo entiendas o no por que cuando me baje de aquí no voy a volver a dirigirte la palabra jamás: Como entres en la plaza a esta velocidad, derrapes ante los invitados y te lleves por delante a alguno, te estrangulo allí mismo. ¿Comprendo?’

“Allí los veo. Están todos. Ella todavía no ha llegado. Por lo menos tendré unos minutos para recuperar los colores y disimular los rotos.

- Chico…¡Qué manera de frenar!….

“Por fin… Sé acabo. No me lo puedo creer: sigo vivo y entero. Me tiemblan las piernas pero creo que podré bajar. Intentaré sonreír como si aquí no hubiera pasado nada.

- Hola madrina … ¿cómo estas?

- Hijo mío, pero que cara más pálida traes. Y que sudores. Eres idéntico a mi Julián el día de nuestra boda…. él estaba tan nervioso como tú ahora.  Pero es natural, y además, ella es tan guapa …

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